“No hay que compararlo con Marruecos”, la misión se plantea como imposible. El paseo de tres días por las dunas de Ergg Chebbi fue una de las mejores experiencias de nuestra vida. Ahora vamos a una versión mínima de “paseo por el desierto”. El Desierto de Thar en los límites entre India y Pakistán, tiene su ubicación como detalle más valioso. Y el plan es pasarnos unas casi 24 horas por ahí.

Salimos de Jaisalmer en un jeep comandado por un indio que no dejara de hablar por teléfono en todo el tiempo que lo tenga a mi vista. Vamos además un inglés, un aleman, un español y dos argentinos. Parece el comienzo de un chiste, pero somos demasiados personajes. Aparte, nunca aprendí a inventar chistes.

Luego de cargar combustible, ver los resorts camuflados de color arenisca a los costados de la ruta y levantar a otro indio con su hijo, enfilamos por una ruta recta hacia lo que parece ser la mismísima nada.

La primera parada será una de las más interesantes. Una villa abandonada de la que sólo quedan como pruebas de civilización las ruinas y cimientos de una centena de viviendas y dos edificios centrales un poco mejor conservados. Uno es claramente un templo. El otro parece un pequeño (muy pequeño) palacete de quien puede haber ostentado algo de poder en esa pequeña comunidad. Kuldhera es el nombre hoy de este lugar. Nuestro chofer, sacándose el teléfono de la oreja pero sin cortar la llamada , nos dice que hace unos 300 años una comunidad de brahmanes vivían aquí y se fueron de la noche a la mañana. Dice que nadie sabe por qué se fueron, nos dice que demos unas vueltas y saquemos fotos, y sigue con su conversación telefónica.

Jaisalmer-Thar

Cual princesa

Una de las habitaciones del palacete está cubierta de pequeños murciélagos que chillan al escucharnos por ahí. Algunas cabras, y otros turistas es todo lo que hay vivo a la vista. El monte y la arena ocuparon todo rincón posible. “Esto pasa cuando no limpias tu casa por 300 años en el desierto”, le digo a Mariano mostrándole un umbral que desaparece bajo la arena y que tiene dos columnas y ningún techo o pared que lo acompañen.

Seguimos camino y el alemán no tiene mejor idea que poner música en su reproductor portátil. Creo que nadie quiere escuchar Sting en este lugar, pero cuando él pregunta todos somos lo suficientemente tímidos como para expresarlo. Es claramente el personaje que no nos va a caer bien, esta insolado, parece febril, va dormitando o comiendo una torta de cannabis. Luego confesara malestar estomacal. Tose todo el tiempo una flema que me suena coqueluchoide. Le tiraría una azitromicina por la cabeza. En la siguiente parada reparte marihuana prensada entre los lugareños.

Es una ínfima villa de adobe. Una familia nos saluda muy amablemente. Creo estar frente a al menos cuatro generaciones. La mujer mayor, parece de dos siglos. Una catarata le blurea un ojo y el otro anda estrábico entre los visitantes. No deja de sonreírnos con sus dos dientes y nos insiste en llenarnos las manos de algo que parecen lentejas disecadas. Son duras como las piedras que pisamos. Las otras mujeres son un poco mas tímidas pero entre todas señalan la cámara de fotos y llaman a los niños. Arman lo que parece el cuadro familiar que no tienen. Nos piden que los retratemos. Los indios casi nunca sonríen a la cámara, aunque sonrían para pedirte la foto o agradecerte. Ellos ni siquiera miran la lente. El hombre de la familia es otro centenario de turbante brillante. Nos rellena las manos y bolsillos de las lentejas que disimuladamente le tiro por detrás a las cabras.

La última parada es más bien una posta. Bajamos del jeep para subir a los camellos. El último tramo es de unos 5 kilómetros ya dentro de las dunas, dejando el ripio y monte atrás. Volverá a aparecer muy pronto. “Aquí el desierto es por partes, dunas y monte”, me había explicado Ahmun, el dueño de Shahi Palace Hotel, desde donde salimos en la mañana.

En el lento bamboleo sobre la joroba del camello no entiendo del todo los límites del uso animal para el transporte. Definitivamente hoy en día en este lugar no tiene sentido. Estoy haciendo lo que no comparto. Era realmente más justificado en Ergg Chebbi, que debíamos cruzar casi 30 km de dunas. Me parece que sí, pero se que quizás me estoy justificando. Será de todos modos la última vez que monto un bicho de estos, palabra de Vito.

Jaisalmer-Thar

El lugar de acampe nos espera a semi armar. Los catres, colchones y mantas se esconden bajo un plástico negro. Y ya se prepara el fuego para el chai de rigor, y luego la cena. El alemán sigue tosiendo, el chofer sigue hablando por teléfono, yo ya no tengo señal, y el español se poner a rodar por la arena. Nosotros con el inglés, que nos cayó bien de entrada, vamos a la duna más alta a fotografiar el atardecer.

El sol desaparece hecho una pelota naranja rojiza. Pero a la vista desaparece dos veces su tamaño antes de acercarse al horizonte. Los atardeceres en India son espectáculo garantizado. Los colores nítidos y asombrosos. Pero siempre hay un zócalo permanente de bruma, una especia de segundo horizonte que a la vez que reparte los colores a todas partes, se traga al sol antes de tiempo. Una de las pocas constante que observamos en los 2400 kilómetros de India que ya llevamos recorridos. “Será la contaminación…”, divagamos mientras nos dejamos relajar por la energía del día que acaba.

Esa misma bruma hace que luego la noche no sea la oscura de mil estrellas que vinimos a buscar. La casualidad juega a nuestro favor y estamos casi en luna nueva, por lo que es el mejor cielo para ver estrellas, pero el sueño no se cumple. Estamos lejos de la urbanizacion, pero el cielo sigue siendo bastante claro. Parece que por más lejos que te sientas, en India uno no puede escaparse de India.

lightpainting

Si hay luz en la noche… jugá con la luz en la noche!

Dormimos en los catres a la intemperie. Sigo con la mirada la silueta de un escarabajo hasta que se pierde… o me quedo dormida.

Al amanecer los perros nos invitan a jugar un último rato en la arena, mientras nuestros “anfitriones” preparan un desayuno con avena y frutas. El alemán casi no come, el español acusa los primeros síntomas de contagio, el inglés hace un esfuerzo por dejar de sacar fotos a diestra y siniestra. En el viaje de regreso anota en su libreta nuestra sugerencia para sus próximas vacaciones “Erg-Chebbi…”.

Info Útil

¿Cómo llegar a Jaisalmer?

Viajamos en tren desde Jaipur, unas hermosas 12 horas en clase sleeper por 760 rupias los dos. El tren estaba impecable cuando lo tomamos. Al llegar estábamos cubiertos de arena: bienvenidos al desierto!

¿Dónde dormir en Jaisalmer?

Nosotros nos hospedamos en Shahi Palace Hotel, precioso y con una terraza con la vista hacia el fuerte, además hacen muy buena comida! La modalidad en casi todo el pueblo, según la demanda de pasajeros, es que puedas negociar una habitación bastante barata e incluso GRATIS a cambio de hacer la excursión con ellos. En este hotel en particular, te aseguro que vas a tener una hermosa habitación y, lo más importante, muy fresca!

¿Qué visitar en Jaisalmer?

Como dije, hay un fuerte justo frente al barrio donde están la mayoría de los alojamientos.Se puede recorrer bastante por dentro del fuerte sin pagar entradas. Hay algunos museos de los que no nos hablaron muy bien. En cambio sí decidimos buscar algunas de las havelis, casonas antigüas, que están abiertas al público a un precio muy barato (50 rupias cada uno). Te va a recibir alguien que te hará una visita guiada explicando como y para qué cada ambiente de la casa, y casualmente esta persona tiene una tienda de artesanias para venderte algún regalito.

La excursión al desierto

En todos los alojamientos vas a poder gestionar tu visita, y también hay agencias que los venden. Estando en temporada baja, nosotros pagamos 1000 rupias cada uno por la excursión (con todo incluído, hasta el agua para tomar y no morir deshidratado!). Mi consejo es que, slvo que vayas con una recomendación muy puntual de alguien, no la contrates antes de llegar a la ciudad. Siempre es mejor negociar cara a cara y sacarte todas las dudas de qué es lo que estás contratando. Como bien expliqué, no es necesario (ni obligatorio) el transporte en camello, podés llegar a los sitios de acampe en jeep, o caminando.

Sobre El Autor

Soy Vito. De raíz riojana y treinta y pico de años. Viví también en Córdoba, Mar del Plata, Buenos Aires. Viajé por Nueva Zelanda, Cuba, Italia, Bolivia y otra veintena de países más. Pediatra de vocación y formación, y en los ratos que me hago entre el trabajo “serio” trato de aprender algo nuevo (tejer, cocinar, fotografiar, hablar otros idiomas, lo que sea). Amante del yoga (a.k.a. “profesora”), curiosa ayurvédica. Estudio y trabajo con la salud y la enfermedad, pero a mí lo único que me curó fue viajar. Una vez sentí que era hora de poner los pies en la tierra… y lo tomé demasiado literal, quizás.

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