El Parque Maisan fue nuestra primera aventura en la riquísimo naturaleza surcoreana, escapando de la loca y postmoderna Seúl. Un país que tiene la mayor parte de su superficie cubierta de montañas y sierras no nos podía defraudar.

Después de varias indicaciones sobre cómo llegar, conseguimos “la posta”. Lo ideal como siempre es salir bien temprano, pero esa palabra no rankea bien en nuestro vocabulario, y al final no nos salió tan mal la cosa…
El parque transcurre entre dos peñones. Su nombre, “Maisan“, quiere decir “orejas de caballo“. Entre el verde de las sierras se ven a poca distancia dos formaciones rocosas diferentes de su contexto, medio triangulares que se elevan. De ahí la referencia con las orejas de un caballo, poética… quizás… En varios tramos intentan explicar en un inglés algo rústico las hipótesis de como se formaron, al parecer sobre una falla geológica, y se enorgullecen en aclarar que son el único dúo de peñones del mundo.
El verano no sería la mejor época para estar en este país, y este paseo no escapa a esa recomendación. En el Parque Maisan abundan los árboles de cerezos y arces, por lo que supongo que la primavera y el otoño deben ser un sueño aquí. Pero vamos a sudar con la humedad, el calor y en compañía de los mosquitos.

Por qué es especial?

Este lugar, dicen, concentra una energía única. Tanto así que motivó a Yi Gap Yong a emplazar aquí varios templos budistas y pagodas que se encuentran en todo el recorrido y sirven de una hermosa y pacífica pausa para el caminante. Embelezada con el paisaje, estudiando los detalles de los ornamentos, las pinturas, las poses de los budas inmortalizados en piedra, o imponentes estatuas doradas, casi logré olvidar #lacalor (casi es la palabra clave).
Algo mas que le da a este lugar un toque especial son las varias vertientes de agua, a las que se les adjudican diferentes propiedades. “Es agua energética, tienes que probar cada una de las vertientes porque saben diferente”, me dijo un muchacho con el que compartimos parte del viaje en bus hacia el parque, él se bajó antes, se iba a otro templo a hacer el retiro de vipassana. Probé el agua de todas las vertientes y mentiría si dijera que noté diferencias entre ellas. Sí estaba claro que era agua pura de montaña, y estaba súper fresca, esa era toda la energía que necesitaba bajo el sol ardiente que nos acompañó todo el día.

Agua energética en cuencos mágicos

Los templos principales del camino son el Tapsa y el Eunsun. El primero tiene entre las varias pagodas de piedra (más de 80), un dúo de pagodas unidas que simbolizan el Cielo y la Tierra. Entre las pagodas estan las vertientes de agua, con unos recipientes para servirse, y van a poder encontrar varios cuencos de aluminio o cerámica con agua que la gente deposita al pie de las estatuas de buda, o bajo las mismas pagodas. Están allí porque dicen que entre la mística del lugar algo sucede con las fuerzas de la tierra y hace que en invierno, cuando las temperaturas caen bajo cero, desde el agua de los recipientes crecen estalagmitas que “subirán hasta el cielo”. Si van en invierno me cuentan como se ven!
El templo Eusun fue mi preferido. Al estar más ” dentro” del Parque Maisan había menos gente, mucha paz y tranquilidad y sólo el ruido de los miles de bichos que nos observaban. El hall principal del templo tenía una de las imágenes de Buda que más me han gustado hasta ahora, con un mudra (gesto de las manos) que no había visto antes.
Justo después del descanso en el templo Eusun, nos cruzamos con dos Coreanos que venían exhaustos. Entre señas, fotos y koreanglish nos explicaron que habían subido a la cima del Peñón femenino (sí, los peñones tienen género), el más alto. Vimos las fotos y nos picó la curiosidad. Allá fuimos por un sendero muy bien armado, casi totalmente cubierto de escalones de madera, aunque algunas partes muy escarpadas en las que hay que lucir el buen calzado de trekking y tomarse bien firme de las cuerdas dispuestas como pasa manos (difícil el agarre con las manos sudadas…). En media hora pudimos llegar al balcón que mira hacia el Peñón masculino, con vista a la cueva Hwaeomgul. Y más arriba el hito de la cima, con sus modestos 670 metros. Estábamos exhaustos y habían sido tan sólo un par de horas… y sólo 600 y pico de metros… Habrá que seguir entrenando para los Himalayas…!
Tuvimos un hermoso “bautismo” de caminata y naturaleza. Como dije, esperamos todo este verde y mucho más de este país. Hay muchos parques nacionales y provinciales, toda la info en esta web.
DATOS UTILES
Lo primero que te recomiendo es que dentro de lo posible te acerques al menos a dos oficinas de turismo distintas. Nos pasó muchas veces que en una nos daban indicaciones de cómo ir, y luego encontrábamos alguien más que nos decía “hay una manera más simple!” (y era mucho mejor, por supuesto). También en la web de Visit Korea suele haber explicaciones de cómo llegar a los atractivos, pero por lo general todas las explicaciones empiezan desde Seúl… y quizás no sea tu punto de partida.

COMO LLEGAR:

Nuestro punto de partida fue la ciudad de Jeonju. Frente a la estación de tren nos tomamos un minibús (no tiene número de línea) de color naranja que nos dejó en la entrada Sur del parque.
PASAJE DEL MINIBUS: 3600 W
Regresamos desde la entrada Norte con un bus hasta Jinan (una pequeña ciudad cercana al parque) por 1000w (10-15 minutos), y luego desde ahí mismo otro bus de regreso a Jeonju por 3600w (una hora de viaje).
Esta misma combinación se puede hacer en el sentido inverso, teniendo en cuenta que desde la entrada Sur, el último minibus regresa a Jeonju a las 17 horas.

ENTRADA:

Gratis!

RECORRIDO:

Ir desde la entrada Sur a la Norte nos llevó cuatro horas y media. Esto no quiere decir que no se pueda hacer en menos tiempo. Pero hacía mucho calor, así que hicimos varias paradas de descanso, hidratación, y por supuesto para sacar fotos, leer los carteles, disfrutar de los templos. La mayoría de la gente sólo hace el recorrido desde la entrada sur hasta el templo Tapsa y se regresa. Por lo que desde allí y en el Templo Eusun encontramos mucha menos gente.

Sobre El Autor

Soy Vito. De raíz riojana y treinta y pico de años. Viví también en Córdoba, Mar del Plata, Buenos Aires. Viajé por Nueva Zelanda, Cuba, Italia, Bolivia y otra veintena de países más. Pediatra de vocación y formación, y en los ratos que me hago entre el trabajo “serio” trato de aprender algo nuevo (tejer, cocinar, fotografiar, hablar otros idiomas, lo que sea). Amante del yoga (a.k.a. “profesora”), curiosa ayurvédica. Estudio y trabajo con la salud y la enfermedad, pero a mí lo único que me curó fue viajar. Una vez sentí que era hora de poner los pies en la tierra… y lo tomé demasiado literal, quizás.

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