El sol regresa tímida y tibiamente a Buenos Aires. Quiero dejar atrás lo gris de las nubes, lo húmedo de la lluvia y las lágrimas. Hacía mucho que no padecía un invierno, hacía bastante también que no anhelaba una primavera como hoy. Dar una bocanada para salir de la asfixia, como después del calor de Cartagena y Palenque llegó Medellín, como después del poco oxígeno de La Paz llegó Cochabamba. Que se seque la vereda, que el barro deje de pegarse en los zapatos.

Cochabamba

Arte urbano en Cochabamba

Viajamos más de dos años siguiendo el sueño del verano perpetuo. Vivir entre trópicos implicó renunciar a la metamorfosis de las estaciones. Nos gustaba mucho el picor del sol en las mejillas, y el abrigo, escaso en la mochila, sólo aparecía de a momentos. Nunca dejamos que se instale, ni mucho menos que nos corte las horas soleadas del día.

Pero tengo que ser sincera. Extrañé los cambios durante el viaje de los veranos. Porque los polos tenemos eso como fortuna, el cambio. Y si nada cambia, nada cambia. Si algo cambia, todo cambia. Y si la muerte no es transformación en su máxima expresión, entonces qué…? Aquí y ahora siento el año en movimiento. Lo último que quiero es que se quede estancado. Tampoco quiero que se me vaya volando. Que avance y me lleve.

Medellín

Volar a lomo de mariposa, no estaría mal…

En Colombia nos tocó hacer un duelo: abandonar el Caribe luego de 9 meses. Fuimos a Medellín a volver a vestir con buzo y envolver los pies en zapatillas, dando fin a la monarquía de los hombros al aire (y al sol) y las ojotas. “Bienvenidos a la ciudad de la Eterna Primavera”, ése es un preciado alias del que muchas ciudades se apoderan. Aquí encontramos una familia adoptiva, muchos amigos y aventuras, una montaña con su hermoso valle, y un reloj natural: “el trueno de las 3 de la tarde” (como lo bauticé yo misma), aunque no lloviera.

Más al sur y de nuevo entre amigos, llegó el turno de Cochabamba donde calibré mi índice del clima perfecto. Hace poco le envidié a una amiga el estar allí y resulta que también llovía… pero Guada es muy friolenta, quizás estaba exagerando. De todos modos, con una rica sopa de maní, no hay frío que resista. Allí tuvimos la suerte de estar en carnavales, la fiesta de las diabluras, en medio de un verdadero bombardeo abierto de globos de agua y espumas locas.

Es setiembre (sin p), florecen las plantas y los proyectos, nos estamos ubicando en Otro Mapa. Lo queremos desplegar a cielo abierto (ahora que le puede dar el sol), que todos lo vean y nos ayuden a descifrarlo y explorarlo.

Vamos a colgar algunas de nuestras fotos favoritas para contarles la historia de un viaje de 80.000 kilómetros alrededor del mundo, y sus veranos.

FLYERMUESTRA3

Vamos a llenar las mochilas de entusiasmo para llevar las penas del invierno, sus nubes, a lo más alto del continente (o a sus pies… porque “dejamos estar” el cuerpo) y que vuelen con el viento. En la cima del Machu Picchu aprendí que “el fuego cambia todo lo que toca”. Voy a buscar el sol, esa energía que me permita dar vuelta una página que se puso pesada en Buenos Aires… o por decirlo de alguna manera, eso es lo que se viene: Mendoza en primavera.

Sobre El Autor

Soy Vito. De raíz riojana y treinta y pico de años. Viví también en Córdoba, Mar del Plata, Buenos Aires. Viajé por Nueva Zelanda, Cuba, Italia, Bolivia y otra veintena de países más. Pediatra de vocación y formación, y en los ratos que me hago entre el trabajo “serio” trato de aprender algo nuevo (tejer, cocinar, fotografiar, hablar otros idiomas, lo que sea). Amante del yoga (a.k.a. “profesora”), curiosa ayurvédica. Estudio y trabajo con la salud y la enfermedad, pero a mí lo único que me curó fue viajar. Una vez sentí que era hora de poner los pies en la tierra… y lo tomé demasiado literal, quizás.

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