Corren tiempos de kilométricas charlas virtuales. Dicen que tanta facilidad tecnológica para la comunicación nos hiperconecta, podemos hablar todo el día, en decenas de conversaciones a la vez, con personas de un lado y del otro del océano… cualquier océano. Y qué nos decimos? Poco, la verdad, a mi entender. Son escasos los contenidos de los miles de mensajes. Saturan todas las redes, las del cerebro especialmente, y qué nos dejan? Nos pusimos de acuerdo? No sabemos, porque en algún punto esa charla terminó en otros temas. Creo que es un grito desesperado por volver a la plaza, cuando cotorreábamos sin parar mientras jugábamos a algo. Ahora estamos trabajando (o intentándolo), estudiando (o intentándolo), y mientras hablamos con alguien que está más o menos lejos y el que está a nuestro lado… hace exactamente lo mismo. Nos oímos reír, bufar, asentir al aire. Casi ni nos miramos.

Todavía no me adapto a todo esto, me piden que tenga whatsapp para que hablemos… me lo piden mientras estamos hablando… No entiendo. Soy “la que vino de viaje”, sin haber vuelto del todo quizás. La que compara cosas como si fuera una abuela que añora aquellas épocas más simples, más directas, cuando sentirme muy conectada con alguien implicaba algo casi carnal. Hoy pienso en todo esto y es inevitable recordar una, entre miles, pero una conversación muy especial que tuvimos con Rita, en Cusco. Y es una buena manera de empezar a hablar aquí de esa ciudad.

Una linda ciudad para desconectarse y simplemente sentarse a verla...

Una linda ciudad para sentarse a verla…

Siempre es bueno encontrar una excusa para hablar de Cusco. “Con S o con Z?” me preguntaba mi mamá desconcertada hace algunos años, cuando fui por primera vez. El nombre original, “Qosco” (con S) hace referencia a la concepción de ombligo, centro del Universo, como lo creían los Incas (dicen que dicen…). Pero llegaron los españoles, que llamaban “cuzcos” a los perros y les pareció válida la sinonimia… y le dejaron la Z no más, aunque tal sonido no existiera entre los andinos. Coincido en la teoría de que el corazón del Universo está por ahí, porque es la única explicación para que siga teniendo tanto magnetismo en mi ser a pesar de llenarse cada día más de turistas.

Cómo no ser, entonces, un turista más? Teniendo anécdotas como ésta.

“Joe Montana es un chismoso”

Rita cocina en el Mercado de San Blas de Cusco, todos los días ofrece un menú por 4 soles. Con la deliciosa sazón de sus sopas fuimos encantados varias veces. Una tarde, mientras comíamos los últimos platos que le quedaban, le preguntamos curiosos, hacía cuanto trabajaba allí. Yo me la imaginaba parte de una dinastía de cocineras que de generación en generación se iban pasando secretos y recetas entre pailas y cucharones. Pero no. Descubrimos una historia muy diferente.

Un clásico de cualquier mercado peruano... maíz morado

Un clásico de cualquier mercado peruano… maíz morado

Hacía pocos meses estaba en ese puesto del mercado. Hace unos dos años regresó a Perú después de pasar los últimos 25 años viviendo en Estados Unidos. Volvió ante la desgraciada noticia del fallecimiento de su único hijo en un accidente de tránsito.

A las tierras del norte se fue por una opción de trabajo, un amigo le conseguiría un puesto doméstico por 6 meses. A las pocas semanas se dió cuenta que eso no era para ella. Comenzó a distraerse jugando en los casinos y ahí fue donde alguien notó algo especial en su actitud. La dueña de una agencia de viajes la contrató como coordinadora de grupos de extranjeros adinerados que visitaban Las Vegas para despuntar sus vicios.

Cuenta que viviendo en el Perú siempre fue pobre. Cuando se vió ganando casi 10 mil dólares por mes entre su sueldo y las generosas propinas de los empresarios asiáticos que conducía, no lo dudó ni un instante: “todo lo que quisiera y vieran mis ojos me lo compraba”. Y no sólo se dio gustos materiales en ropa fina y joyas, viajó varias veces al Mediterráneo, “quería decorar mi casa con lo que más me gustaba, las culturas egipcia y griega”.

Callecitas del barrio de San Blas

Callecitas del barrio de San Blas

Su casa, por lo que nos contó, es una pequeña mansión en California. Todavía no terminó de pagarla por lo que el alquiler de la Embajada de Singapur está destinado a esa hipoteca. Dice que es la vecina más cercana de Joe Montana, “él un día vino a ver quien vivía en la casa, porque es un chismoso”.

Cuando le pregunté qué hizo con todos sus trajes Dior, Picasso, De la Renta, confesó que tuvo que venderlos al regresar al país para afrontar los gastos legales de la sucesión de su hijo. Salvo por un abrigo de 10 mil dolares que conserva bien guardado y algunas joyas que enterró.

La charla muy entretenida, se estiró más de 3 horas en la sobremesa. Hubieron risas, silencios, se emocionó, nos dejó atónitos. La tenía enfrente, sentía el aroma de las especias impregnado en sus manos y ese “spanglish” cadencioso con el que nos contaba los contrastes de su vida. Ahora que no tiene la abundancia económica de otros años, se siente agradecida de las oportunidades que le dió la vida. “Hay gente que se suicidó con la caída del dólar y la crisis inmobiliaria, yo hoy rento una habitación mediocre y todos los días puedo comer, eso ya es bastante que agradecer”.

“¿Las recetas de la comida? Las bajo de internet!”

Se las presento, ella es Rita!

Se las presento, ella es Rita!

Les recomiendo que no se pierdan el placer de pasear por el barrio de San Blas en Cusco, y muy especialmente ir a comer a su mercado, tanto el desayuno como el almuerzo. Es muy económico y, quién les dice, por ahí tienen el gusto de conocer a alguien muy especial…

Sobre El Autor

Soy Vito. De raíz riojana y treinta y pico de años. Viví también en Córdoba, Mar del Plata, Buenos Aires. Viajé por Nueva Zelanda, Cuba, Italia, Bolivia y otra veintena de países más. Pediatra de vocación y formación, y en los ratos que me hago entre el trabajo “serio” trato de aprender algo nuevo (tejer, cocinar, fotografiar, hablar otros idiomas, lo que sea). Amante del yoga (a.k.a. “profesora”), curiosa ayurvédica. Estudio y trabajo con la salud y la enfermedad, pero a mí lo único que me curó fue viajar. Una vez sentí que era hora de poner los pies en la tierra… y lo tomé demasiado literal, quizás.

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