Instinto:

Conjunto de pautas de reacción que contribuyen a la conservación de la vida del individuo y de la especie. 

* Móvil atribuido a un acto, sentimiento, etc., que obedece a una razón profunda, sin que se percate de ello quien lo realiza o siente.

Es un hecho. Las tortugas marinas golfinas son una especie en peligro de extinción. También es un hecho que viven hasta 80 años o más, que viven por las aguas oceánicas donde se reproducen, que regresan a la playa donde que nacieron a poner sus huevos. Es un hecho que de mil tortugas que nacen y llegan al mar, un estimado de menos de diez llegarán a la vida adulta. Esto hace que desoven hasta dos o tres veces por temporada, poniendo hasta 120 huevos en nidos que cavan sigilosamente durante la noche y cubren para que sus predadores no los vean. Para llegar a la playa se valen del impulso del oleaje de la marea creciente. Al nacer, a 50 cm de profundidad, empiezan a reptar por entre la arena hacia arriba, instintivamente, buscan el aire. Lo hacen de a poco, y la arena que mueven las primeras estimula a los demás huevos a eclosionar, y así salir en masa a la superficie. La brisa del mar, el reflejo de la espuma de las olas, llega a sus sentidos y les indica hacia donde mover sus pequeñas aletas y llegar arrastradas al agua. Nadarán hasta varios días para encontrar las corrientes oceánicas que las lleven a su viaje. Los machos no volverán a salir a tierra, a menos que estén heridos o desorientados. Las hembras sólo saldrán a anidar, es un hecho. Los barcos pesqueros de los hombres de mar se encargan de cazarlos, o partirles la cabeza o el caparazón si quedan atrapadas por error en sus redes.

En la bella playa de Portete, listos para aprender una lección inolvidable

En la bella playa de Portete, listos para aprender una lección inolvidable

¿Cuántos de estos datos responden a esa fuerza natural que busca perpetuar la especie?
¿Cuál no tiene sentido?

En la Isla de Portete, a 5 km de Mompiche, en la Costa Pacífica de Ecuador pasamos un par de días acampando. El clima no era el soñado de una playa plagada de cocoteros, y después de mucho meditarlo, una noche decidimos que al día siguiente seguiríamos viaje hacia el Oriente del país. Dentro de la carpa, al abrigo del frío de la brisa marina y la llovizna, a resguardo de la impenetrable oscuridad del cielo encapotado, nos lamentamos de nuestra suerte y nos fuimos por las ramas de los hipotéticos sucesos que quizás nos esperaban al final de este viaje. La angustia de haber traído la monótona rutina y muchas supuestas preocupaciones a la arena hizo que Mariano y yo nos quedáramos en silencio, cada uno con sus pensamientos, hasta conciliar el sueño con el ruido del mar, intentando callar los gritos de nuestros fantasmas. La mañana siguiente tuvimos tiempo de levantar el campamento por completo hasta que vimos el cerco de cañas que Diego realiza para protejer los nidos de las tortugas golfinas que visitan esta playa. Estaba a menos de 5 metros de nuestra carpa. Las huellas que dejó el arrastre de las aletas aún se veía salir y regresar al mar. El shock no pudo ser mayor. El primer día que conocimos la playa y vimos los nidos cercados, con la fecha de anidación que indicaba que estábamos en plena temporada de desove, nos dijimos de lo lindo que sería ver un espectáculo natural de ese estilo, y en parte por esto mismo es que acampamos en la playa y no en los campings o lugares más retirados del pueblo.

Nidos de tortugas marinas bien custodiados

Nidos de tortugas marinas bien custodiados

Fue un hecho doloroso de descubrir: una tortuga marina había estado a pasitos de donde nuestros fantasmas nos tenían secuestrados. Nada de indirectas, a prueba de tontos, por estar preocupados por la comodidad, por estar preocupados… pre – ocupados… pensando en cosas que ni siquiera sabemos si van a suceder ni cuando… ni donde, por estar pensando en el futuro nos habíamos perdido el momento en que las cosas sí suceden, AHORA, donde sí suceden, AQUÍ. 

Diego es biólogo marino y trabaja en Equilibrio Azul, una ONG que en Portete trabaja para preservar las tortugas golfinas de la zona. Patrulla por las noches buscando los rastros que indiquen los sitios de anidación para cercarlos y evitar así que se destruyan por los perros y la gente. Esa mañana fatídica, ya con la carpa guardada fuimos a buscarlo para que nos cuente de su trabajo. La pasión que nos transmitió fue suficiente para volver a sentar campamento en plena playa y sumarnos a los patrullajes nocturnos con él.

Según Diego le trajimos mucha suerte. La primera noche que salimos, como a las 3.30 de la mañana vimos el rastro de una tortuga en la playa, tenía sólo un sentido: del mar hacia afuera. Fue emocionante desde el primer momento. La vimos a unos metros y muy despacio, en silencio y con luz roja, para no espantarla, nos quedamos detrás de ella para ver el maravilloso proceso completo. Empezó a cavar con sus aletas traseras. No le gustó. Se movió un poco más allá y volvió a cavar, esta vez más decidida. Puso más de cien huevos y luego tapó el hueco. En total fueron casi dos horas. Luego vinieron una serie de medidas y procedimientos de identificación que la organización hace por protocolo. Y allá se fue, al mar… dejando en la playa 110 huevos y tres personas maravilladas por una experiencia única.

Estábamos motivados y fascinados. Salimos todas las noches en distintos turnos, ya no importaba el frío, la llovizna casi constante, ya no le tenía (tanto) miedo a la oscura y cerrada noche de la playa. Vimos rastros, encontramos nuevos nidos, vimos más tortugas, colaboramos en el rescate de algunas tortugas heridas. Nos sentíamos en la cresta de la ola, pero faltaba la cereza del postre. El período de incubación de los huevos es generalmente de 60 días, pero en esta playa en particular recién se estaban comenzando los estudios por lo que no sabían con exactitud qué tiempo demorarían los nidos en eclosionar debido más que nada a las bajas temperaturas de la temporada. Había un nido, el primero en ser identificado, que cumplía ese tiempo en nuestra estadía en la playa y queríamos más que nada en el mundo ser testigos del nacimiento de las tortuguitas. Pasábamos por el nido a cada rato para ver si había algún movimiento extraño, y nada… El tiempo en el país nos ajustaba, así que un día decidimos que era el último, debíamos seguir viaje para vivir otras experiencias. Después de almorzar fuimos por nuestro manjar favorito, los batidos de coco de la señora Marta (no podíamos irnos sin despedirnos de ella y degustar por última vez ese prodigio). Casualmente su puesto estaba en frente al nido, así que fuimos primero a verlo… y ahí estaban, las primeras tortuguitas asomando entre la arena!

Atenti!

Atenti!

La dulce Marta, había que convencerla de que no se podía quedar con una tortuguita!

La dulce Marta, había que convencerla de que no se podía quedar con una tortuguita!

Es muy difícil transmitir lo que vivimos. Fueron un par de horas de pura ternura. La gente se iba acercando, sacaban fotos y seguían. Nosotros no podíamos ni movernos ni dejar de registrar cada movimiento, contando cada una de las pequeñísimas tortugas que salían y empezaban a aletear buscando la brisa del mar. Fueron 103 en total. Diego las medía y las fue juntando en una caja para liberarlas todas juntas y disminuir así el riesgo de que alguna se vaya desorientada. Ya estaba oscureciendo y las brillantes luces del Hotel Decameron hacen estragos con la orientación de los animales. Era como una carrera de supervivencia extrema. Todos las alentábamos hasta que llegaban al agua y la corriente se las llevaba. Dónde andarán ahora nuestras hijitas? Fue el cierre ideal para una experiencia fabulosa que nos dejó una enorme enseñanza más allá de todo lo que aprendimos de biología, ecología y conservación.

Allá va!

Allá va!

Hay lecciones que se tatúan en el alma, penetran en la piel, duelen, cicatrizan y desde entonces sabremos siempre donde buscarlas para nunca olvidarlas. Sabremos que las hemos aprendido reconociendo la piedra al costado del camino y no bajo nuestros pies. Porque estaremos viendo hacia adelante, con la frente en alto, sonriendo de manera cómplice con nosotros mismos ante la certeza de un error no cometido nuevamente.

La naturaleza, la sabia naturaleza, nos regala el instinto como motor fundamental. Si por definición tiene como objeto perpetuar la especia, cuidarnos, por qué le damos la espalda tantas veces? Por qué tenemos tanto miedo de seguir esa voz interior que nos dice qué hacer, aunque no nos diga por qué hacerlo? La comodidad nos tienta, la seguridad nos seduce. Pero una vez que experimentamos las inconmensurables recompensas de sacrificar esos pequeños lujos, ya no hay vuelta atrás. Cuando supimos que en esta playa había un Decameron (hotel de la modalidad all inclusive/todo incluído), con tantos meses de mochileo extremo encima, fantaseábamos con hospedarnos ahí. Los huéspedes del hotel sólo pueden disfrutar la playa donde desovan las tortugas entre las 9 de la mañana y las 4 de la tarde. El desove que vimos fue a la madrugada y la eclosión del nido comenzó a las 5 de la tarde, si hubiéramos sido huéspedes del hotel no hubiéramos podido ver ninguna de las dos cosas… 

La noche siguiente un señor que conocimos en un hotel donde paramos a descansar en pleno viaje a dedo, al enterarse de nuestro modo de vida actual nos dijo “Sepan que se ve muy mal lo que hacen, llevar esa vida de perro, sin saber dónde dormir, qué comer. Miren (mostrando su billetera), yo tengo dinero, puedo dormir y comer donde quiera. Ustedes no tienen nada, casa, auto, nada.” Nuestra alma estaba demasiado engrandecida como para que ese comentario haga mella…

Viviendo una vida de perros...

Viviendo una vida de perros…

“El hombre nace y muere, a veces sin vivir.”
La pucha con el hombre. Peteco Carabajal

Sobre El Autor

Soy Vito. De raíz riojana y treinta y pico de años. Viví también en Córdoba, Mar del Plata, Buenos Aires. Viajé por Nueva Zelanda, Cuba, Italia, Bolivia y otra veintena de países más. Pediatra de vocación y formación, y en los ratos que me hago entre el trabajo “serio” trato de aprender algo nuevo (tejer, cocinar, fotografiar, hablar otros idiomas, lo que sea). Amante del yoga (a.k.a. “profesora”), curiosa ayurvédica. Estudio y trabajo con la salud y la enfermedad, pero a mí lo único que me curó fue viajar. Una vez sentí que era hora de poner los pies en la tierra… y lo tomé demasiado literal, quizás.

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6 Respuestas

  1. Patricia

    ¡¡¡Que hermoso relato!!!
    Me encantó. Me gustó eso que decís de que “la comodidad nos tienta, la seguridad nos seduce”, hay que estar atentos y no olvidar las buenas vivencias que podemos experimentar si dejamos de lado esos pequeños lujos… Cada semana me lo recuerdo, para no perderme en el ajetreo diario y toda su vorágine.
    Apoyo la vida de perros!!
    besos

    Responder
    • Vito

      Muchas gracias por comentar Patri! Me alegro que te haya gustado y te llegue la idea central, ya que es (modestia aparte), mi post favorito :D.
      Beso grande.

      Responder
    • Vito

      Me alegro que te haya gustado Patri!
      Cuando estuvimos por Costa Rica investigamos mucho el tema de los tortuguero y hasta creo que vi tu post!
      Es realmente una experiencia maravillosa, nos enseñó mucho y lo mejor fue vivirla de una manera tan natural.
      Te mando un abrazo de bienvenida al blog 😉

      Responder

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