Había una vez una indiecita que salvó la libertad de un hombre, esclavo en los tiempos de la conquista, entregando una suma de dinero que venía ahorrando para comprar una imagen de Cristo en la Cruz que bendijera su hogar. Luego, mientras estaba en el río, ya que trabajaba de lavandera, encontró un crucifijo pequeño de madera y lo conservó. Dicen que el crucifijo comenzó a crecer y crecer hasta que no cupo más en la humilde vivienda de la muchacha. Desde aquellos tiempo se le atribuyen a esta imagen numerosos milagros, y de estar en esa choza pasó a una ermita y de allí a su actual morada, la Basílica del Señor de los Milagros, la atracción turístico – religiosa de Buga, una ciudad en el Valle del Cauca.

La Basílica del Señor de los Milagros en Buga

La Basílica del Señor de los Milagros en Buga

Pero nuestra historia en Buga se parece más a una novela de Isabel Allende que a una parábola de los Evangelios.
Un camionero medio dormido nos dejó en una estación de servicio, de allí nos dijeron que hablemos con la gente de la bomba de enfrente. Ahí nos indicaron que golpeáramos en la puerta blanca. No había nadie y empezaba a llover. Un vecino salió por la ventana y con una sonrisa picarona nos dijo donde vivía la Sra Piedad, que la buscáramos y ella nos ayudaría.
Piedad es hermana de Juliana y juntas tenían por esos tiempos un restoran (el de la puerta blanca), en el piso de arriba había algunas habitaciones que alquilaban a camioneros y viajantes. Y sin ninguna otra razón más que la amabilidad más pura recibían mochileros, los alimentaban y hospedaban gratis por algunos días, para luego despedirlos con el calor de una madre. Y tal fue nuestra suerte…
En una pared había un mapa de Sudamérica y decenas de fotos de los viajeros que habían pasado por allí. Un libro de visitas juntaba palabras de agradecimiento en todos los idiomas. Allí encontramos a varios amigos que conocimos en el camino, los viajeros tenemos muchas cosas especiales en común, por ejemplo que la gente buena de corazón siempre está de nuestro lado.
Con Juliana y su familia

Con Juliana y su familia

Pasamos varios días chupándonos los dedos con los platos que nos invitaban, poniendo oídos y hombro a sus pesares, conociendo la familia entera y al vecindario.
Un día decidimos ir a Tuluá, una ciudad cercana y por supuesto nos paramos en la ruta con nuestros dedos al viento. Al poco rato paró la camioneta de Juan Antonio. Iba con Angélica, su plan para ese día era llegar a las termas de Santa Rosa, pero al charlar con estos dos argentinos que viajaban a dedo por su país, se contagiaron de nuestro espíritu de improvisar sobre el camino. Ese día ellos nunca llegaron a las termas, se fueron con nosotros a Tuluá y disfrutaron de las fiestas del pueblo. Muchas veces nos encontramos con personas que tienen el bicho viajero dormido y al hablar con nosotros se les despierta y se animan a un paso más. Intercambiamos datos de contacto con Juan y a la semana ya estábamos en su finca de 9 hetáreas en Restrepo, muy cerca del Lago Calima.
Paseo por Restrepo, con Bugayo y Lola

Paseo por Restrepo, con Bugayo y Lola

No sólo nos ofreció un hermoso lugar en su casa y su familia, sino que nos contrató para asesorarlo a armar su sueño: un hospedaje para viajeros en su finca. Así fue como juntos le dimos vida y forma a Sotovento, mientras conocimos la apacible vida de Restrepo, sus deliciosas piñas oro miel, la cotidianeidad de los productos orgánicos y el cuidado del ganado, los paseos en bicicleta por el pueblo y sus alrededores.
Con Juan y Angélica, una vez más montados a la camioneta, un fin de semana nos fuimos a pocos kilómetros de la costa Pacífica, al hermoso San Cipriano. Luego de dejar el carro en un garage nos montamos a la brujita, el único medio de transporte que llega a San Cipriano, una comunidad afrodescendiente que guarda en impecable estado un tesoro natural. La selva crece junto a los ríos Escalerete y San Cipriano que transcurren cristalinos y puros cayendo en cascadas y corriente abajo, donde se forman ollas de hasta 30 metros de profundidad. Recorrer senderos llenos de barro, junto a insectos de todo tamaño y color, caminando por momentos por el mismo curso de un arroyo, todo en compañía del ronroneo del agua corriendo y los pájaros cantando… no tiene explicación!
Algún rincón de San Cipriano

Algún rincón de San Cipriano

No tardamos en transformarnos en cuatro niños saltando de las piedras, con peces jugueteando entre los dedos, y careteando con el snorkel.
Las negras con blanquísimas sonrisas rasquetean las pailas a un plateado brillante todos los días, de esas ollas salen los más deliciosos manjares y el protagonista principal es, una vez más el coco. El encocado de mochillá (langostinos en crema de coco) es otro milagro que vino a parar en nuestra mesa (y desapareció velozmente por nuestras fauces)! Sin dudas lo más rico que probé en todo este viaje.
Haciendo dedo llegamos a ese camión del que nos bajamos en Buga, donde conocimos a Piedad, Juliana y su enorme generosidad. Haciendo dedo desde ahí mismo conocimos a Juan Antonio que nos invitó a su casa en Restrepo, trabajando para él conocimos San Cipriano y muchos lugares más… fue un mes inolvidable metidos en este efecto dominó y la fuerza de la buena energía encadenada entre gente de buen corazón nos hizo ver, más allá de nuestro escepticismo, que los milagros existen.

Hay dos formas de ver la vida:
una es creer que no existen los milagros, 
la otra es creer que TODO es un milagro.

Albert Einstein

4 Respuestas

  1. miriam

    De acuerdo total “todo en la vida es un milagro” y todos los dìas vividos son un milagro. soy muy feliz por todo lo que estan viviendo.

    Responder

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