Volcán Telica, lo vivo, lo natural

Justo cuando se nos quemaba la neurona tratando de decidir dónde más ir (teníamos pocos días para seguir subiendo o demasiados para volver abajo), llegó a nuestros oídos el nombre “Telica“. Es uno de los volcanes de la Cordillera de los Maribios. Marion, una alemana que estaba en el hostal de León llegó muy tarde una noche y nos lo contó.

Después de haber hecho un pacto secreto y privado de que no iríamos a ningún otro volcán, en Centroamérica al menos, ante la serie de frustraciones que nos dejaron las cumbres siempre nubladas de Panamá y Costa Rica, muy alegres e ilusionados dejamos la bella León por la mañana y tomamos rumbo a San Jacinto. Se trata de un pequeño pueblo a la vera de la ruta y la base más cercana al volcán.

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A dos cuadras del camino está el ingreso oficial al parque de Los Hervideros y justo enfrente un hotel/camping. Preguntamos y una señora sin mucho carisma nos tiró unos precios que nos sonaron abusivos, claro, es el único hospedaje del lugar. Unos pueblerinos que nos vieron las caras largas y la carpa en la mano nos dijeron que Doña Gloria seguro nos podía recibir. Jordán, un niño de 10 años, nos llevó hasta la casa de la señora, a pocos metros. Así conocimos a Gloria, pequeña, arrugada como una pasa y con una sonrisa inmensa. En su casa tiene un cuartito extra, pero ahora vive con ella un muchacho, así que buscamos un clarito con algo de sombra para poner la carpa.

Nuestro nido en el rancho de Doña Gloria

Nuestro nido en el rancho de Doña Gloria

Allí había un gran corazón y cero comodidades. Su rancho, como la mayoría de sus vecino, es muy precario. El terreno es amplio y supo tener varios animales y plantas, pero cuando sus hijos dejaron el nido, vendió los animales y se dedicó a disfrutar de su casita, nos cuenta. No tiene agua corriente, el baño es una letrina alejada, el piso es de tierra, las paredes bloques y barro, el techo de chapa. Un cable le da luz a sus cinco focos y el televisor. No tiene heladera ni ventilador. Tampoco colchón, las camas sólo tienen una malla. No tiene gas, la cocina es a leña, “el palo de naranja da la mejor leña”, me enseña.

Tiene 6 hijos, varios nietos y un bisnieto. Su marido ya murió. No sale casi nunca de su rancho. Su soledad se manifiesta, mientras estamos allí no para de hablar. Nos cuenta toda la trama de la novela que sigue, las historias de sus hijos, sus fotos. Hay un momento bizarro, al mejor estilo “1000 formas de morir” en que nos cuenta en detalle como murieron algunos vecinos del pueblo. No es médica, ni tiene formación alguna, pero así y todo, a su modo, me habla de muchas enfermedades y sus consecuencias. Tiene otras formas de mencionar al ACV, el infarto de miocardio, la polineuropatía diabética… pero sabe mucho más que yo.

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La caída de la noche nos sorprendió paseando por el tranquilo y amigable San Jacinto. Encontramos una canchita de deportes varios donde sentarnos a charlar mientras nos hacíamos amigos de los niños y el loco del pueblo, un tipo delirante que nos contaba cosas poco creíbles y poco recordables. Pero fueron los niños los que nos tiraron el gran dato, al día siguiente un grupo de jóvenes iba en caminata al volcán. Nos presentaron a uno de ellos y ni lerdos ni perezosos nos colamos a la expedición.

Al volcán se puede llegar en distintos tours que se organizan desde las principales ciudades, caminando o a caballo. En nuestros primeros pasos en el pueblo, un hombre se ofreció a guiarnos por la mitad del precio de las excursiones más baratas, e incluso dijo que lo podíamos negociar. Al costado de la canchita, entre el tobogán y las gradas, con un apretón de manos cerramos trato con los adolescentes del pueblo, gratarola :D. Estar en el lugar preciso, en el momento indicado, no?

Nos fuimos a dormir a nuestra carpita, que cada día queremos más. El canto de los gallos nos acompañó casi toda la noche. Cuando a ese ruido se le sumaron los chanchos y pájaros varios, la temperatura empezó a subir, fue hora de levantarnos. Mientras está el sol, el suelo de San Jacinto hierve. La mañana se nos pasó con las charlas de Gloria y unas vueltas más al pueblo comprando los víveres necesarios para la expedición al volcán. Almorzamos en el Rancho sobre la ruta, una de las comidas más ricas y baratas de los últimos tiempos. En San Jacinto se da una paradoja, generalmente cuando estamos en un lugar así de aislado los precios de todo suben desproporcionadamente. Aquí no. La gente no tiene casi nada que no sea tierra, espacio y tiempo, y producen casi todo cuanto necesitan. Los alimentos y comidas preparadas son muy baratos (y muy buenos). Las bebidas naturales, la panificación, todo lo que consumimos allí fue lo más barato dentro de lo muy barato que ya es Nicaragua.

3 pm era el horario de encuentro con los chicos. Se dilató un poco la hora de salida por los preparativos de 13 entusiastas púberes que encaraban la última gran aventura que cerraba sus vacaciones del verano. Era como estar en una película. Para muchos de ellos, al igual que para nosotros, era la primera vez en camino al Telica.

Arrancamos!

Arrancamos!

El camino que eligieron fue uno alternativo por llamarlo de alguna manera. Nunca pasamos por el ingreso a la reserva de Los Hervideros (donde hay que pagar una entrada de 2 USD, creo). Cruzamos algunos campos y alambrados y al poco tiempo ya habíamos empalmado con el sendero oficial. Volvimos a tomar varios atajos, el tiempo nos apuraba, había que llegar antes de la puesta del sol para instalar campamento. Fueron 3 horas exactas, pocos descansos y siempre en ascenso, leve, pero ascenso al fin. El camino nos mostró lo seco de la región. Puro polvo y ramas secas. Los mangos estaban verdes, aún así sirvieron para refrescarnos un poco. El calor fue tremendo y por suerte fuimos casi todo el tiempo al reparo del sol.

Atardecer de fuego

Atardecer de fuego

Los tramos finales fueron los más duros. Subidas muy empinadas y el atardecer nos ganó por lo que tuvimos que hacer los últimos metros a tientas en la penumbra. Había por lo menos dos fogones más en el llano que está junto al cráter. Nuestro lugar elegido fue entre el Telica y los gringos. Mariano y yo armamos nuestra carpa un poco lejos del fogón de los chicos, que no habían subido hasta ahí para dormir precisamente, los varios litros de ron que cargaban dejaban claras sus intenciones: querían terminar el verano a lo grande! Lo que no sabían es que el cansancio de la caminata los iba a vencer.

"Los nenes", dime con quién andas..?

“Los nenes”, dime con quién andas..?

Algo que escuchamos en toda la previa a la aventura fue “allá arriba hace mucho frío”, “lleven abrigo”… “ya se puso helado!” dijo uno de los muchachos cuando a mí me caía la última gota de sudor. Si de algo sirvieron tantos trekkings fue para que ese día nuestras suposiciones fueran correctas: el Telica tiene una altura de 1000 metros… los nicaragüenses viven a diario con al menos 37 grados y sin aire acondicionado alguno. Conclusión: no puede ser tan frío! Y por suerte no lo fue, para nosotros que estábamos en carpa y con bolsa de dormir, los chicos a penas tenían unas frazadas para acomodarse en la intemperie y se c… de frío.

Una vez descansados del esfuerzo de la subida, nos dispusimos a lo que habíamos ido: subir los últimos metros hasta el cráter. En todo el día anterior también abundaron los comentarios de la gente del pueblo que nos contaban que nunca habían subido y sorprendidos se preguntaban qué hacía que tantos extranjeros desfilaran por el lugar rumbo al volcán. “¿Por qué lo hacen? ¿qué buscan con ir ahí?” fueron preguntas existenciales que nos desafiaron en la siesta.

De los chicos que nos acompañaban, varios hacían el camino por primera vez con nosotros. Otros ya lo habían hecho varias veces, lo curioso es que NINGUNO HABÍA SUBIDO NUNCA AL CRÁTER. Había una mezcla de miedo, respeto y desinterés en sus respuestas. Aún así nosotros no entendíamos como después de hacer semejante camino hasta ese lugar no querían asomarse al cráter!

Juntamos algunos pocos valientes y subimos, linterna en mano y pisando con sumo cuidado las rocas que quien sabe cuando salieron de las entrañas del Sr Telica.

Ni el famoso viento, ni el temido frío, no existía nada para nosotros! El humo rojizo resplandeciente que salía del cráter era suficiente para quitarnos el aliento. Estando en la cerrada noche, oscura y sin luna, veíamos perfectamente el filo del cráter. El calor del aire nos avisaba que lo que buscábamos estaba ahí. A 120 metros en la profundidad del cráter, entre el nebuloso humo sulfúrico de los poros del volcán, lo vi y no pude más que pegar un grito “¡¡Ahí está!!”. Era lava, en vivo, frente a mis ojos. La sangre viva de la Tierra. LAVA!! ¿Se entiende??

Lava!

Lava!

Nada podrá jamás superar eso… en algún momento, cuando planeaba mi viaje, quería comenzarlo por Hawaii y no precisamente por sus playas ( aunque…) sino por su actividad volcánica y porque alguna vez vi un documental que me impactó sobre el Kilauea y sus ríos de lava llegando al mar. Aquí “tan cerca” y con menos prensa, está el Telica.

LAVAAAAA!!!! (queda claro que no cualquiera hace foco en la oscuridad y con los vapores volcánicos, no?)

LAVAAAAA!!!! (queda claro que no cualquiera hace foco en la oscuridad y con los vapores volcánicos, no?)

El amanecer no fue menos impactante…

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Volvimos a subir porque no podíamos irnos. Era puro magnetismo que nos atraía. Claro que por los vapores y la luz del sol ya no se veía casi nada hacia el interior del cráter, pero necesitábamos asomarnos una vez más.

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Nos alejamos en silencio. El camino de regreso es anecdótico. Los muchachos que nos guiaban decidieron tomar otra ruta de regreso y eso valió que demoráramos casi el doble de tiempo (y esfuerzo) que nos tomó llegar. No importa. Fuimos, estuvimos ahí, vimos lava en el cráter de un volcán y pasamos una noche durmiendo a su abrigo. No importa más nada!

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