Llegar a Marruecos es un sueño dentro de otro. Cada destino lo es. Pero Marruecos está muy cerca de España y era una gran tentación sabiendo que íbamos a estar por la península ibérica.

Entramos en Marruecos incluso antes de pisarlo, porque sobre el ferry venía el oficial que recibía las tarjetas de migración y nos sellaba los pasaportes. Y con ese simple trámite sobre el Mediterráneo alcancé el quinto continente en siete meses, con la carga emocional que se pueden imaginar que eso me generaba. Increíble hasta donde llegué con sólo proponérmelo. Parece una tontera, pero a los sueños hay que tomárselos muy en serio.

En lo personal estaba re podrida de Europa. La casi marginación en la que nos mantuvo su economía primermundista hacía que la llegada a África me ilusione mucho. Y después de haber andado por Asia me sentía muy canchera en cuanto a choque cultural. Pero para Mariano era su primera experiencia fuera del mundo occidental, y viniendo de la infinita comodidad europea, el contraste no pudo se mayor. A través de sus ojitos temerosos pude ir dando los primeros pasos en esta cultura. Musulmanes, como en Malasia, pero no tan amigables. Respetuosos, como en todo el mundo, o casi…

Como en Asia, retomé la técnica de buscar alojamiento puerta a puerta, basta de horas de búsquedas on line! Caminamos con las mochilas y el hambre a cuestas por las calles del Tánger moderno y decidimos investigar la Medina (cuidad antigua) en busca de mejores precios. A pasitos de una de las Bab o puertas, de la Medina “adquirimos” nuestro primer marroquí: Abdul. Como sucedía muchas veces en India, un lugareños divisa al turista y se le pega como su sombra, con carisma y convicción envidiables. Después de intentar con varias lenguas, convenimos en blanquear nuestro origen y hablar español. Nos vomitó innumerables datos sobre la ciudad y su Medina, y nos dijo que nos acercaría a la zona de los hospedajes más baratos para que nosotros elijamos “con libertad”. Por supuesto nos paseó y nos sumergió en la Medina lo suficiente como para que nos sintamos perdidos, indefensos y confiáramos en él indefectiblemente. En el camino pasábamos junto a varios hospedajes, negocios, talleres y seres indescriptibles. Abdul se salió con la suya, y no pudimos ni detenernos en ningún lugar más que el que él tenía destinado para nosotros.

Nos escabullimos de ahí con la excusa de ver si encontrábamos Internet en otro lugar. Abdul “nos acompañó” hasta un par más, intercambiaba algunas palabras en árabe con la gente y nos decía “no hay lugar”, cuando era evidente que la charla se había limitado a “Hola, qué tal? Estoy paseando a estos forasteros”.

por estos pasillos caminábamos...

por estos pasillos caminábamos…


A mi el primer lugar no me había disgustado tanto para el cansancio que tenía y la poca fe de encontrar algo más decente, aunque Internet se hace cada vez más innegociable en este viaje. A Mariano, que cursaba un pico de estrés para ese momento, le generaba mucha desconfianza la actitud de Abdul y la situación en general, y sobraban razones para sentirse así. Su mirada me pedía por favor que no quisiera quedarme ni cerca de toda esta gente, y para tener nuestra primera noche africana acordamos volver al centro de la ciudad moderna y hacer una transición más paulatina. Y fue muy buena idea. Volvimos al primer lugar, lo de Omar, le regateamos un poco el precio, y tuvimos la Internet suficiente para hacerle saber a nuestros seres queridos que estábamos vivos.

Recorrimos un poco más de la ciudad, ya sin las mochilas delatoras, volvimos a encontrar a Abdul quien al ver mi remera de Lennon empezó a hablarnos de los Rollings y las drogas que podía conseguirnos. También nos dio la alegre noticia que al día siguiente se iba a la montaña, así que no lo tendríamos sobre nuestras cabezas todo el tiempo. Comimos por la ciudad nueva, rico y barato, más tranquilos, empezando a ver las cosas de otro modo. Reconociendo las mil actitudes en común más que asombrarnos de lo distinto de los aspectos o la vestimenta.

A pasear por la medina...

A pasear por la medina…

Ya sonrientes, sin nervios, ni tantas incertidumbres pasamos todo el día siguiente en la Medina y sus alrededores. Nuestro objetivo era llegar a la Kasbah, en la zona más alta. Estrechos pasadizos, coloridas casas, ventanas de aromas intrigantes, gatos y niños por montones, algún museo muy importante pero cerrado los martes…

Hicimos dos paradas memorables: la Necrópolis, y el Café Hafa. La primera, de nombre e historia atemorizante, tiene por contraste una de las mejores vistas del mundo: el Mediterráneo, azul y profundo, con Europa difusa de fondo entre la bruma. Imagen que nos hipnotizó durante un par de horas al sol, refrescados por la brisa marina.

desde la Necrópolis...

desde la Necrópolis…

El Café Hafa es un histórico salón de té (que abundan), hoy ya más industrializado, pero no por eso menos atractivo. Las mesas se disponen en terrazas como para obligarte a embelesar la vista con el mar.

terrazas del Café Hafa, donde conocimos el té a la menta marroquí

terrazas del Café Hafa, donde conocimos el té a la menta marroquí

Durante toda la tarde nos sentimos casi de la manera opuesta a nuestra llegada: cómodos y bienvenidos. Los vecinos nos saludaban cortésmente. El señor que nos vendió el pan quiso reforzar su español recordando los números. Las mujeres riendo por sus bromas. Los niños jugando por todos lados. Aproximadamente un tercio de ellos con la camiseta de Messi; lo admiran, lo quieren, se alegran de saber que somos argentinos “como Lionel Messi!”. Es una cálida referencia y un tema de conversación al paso. Fue en una de esas conversaciones que nos enteramos que la selección le ganó a Paraguay 3 a 1… por un marroquí… porque estábamos finalmente en Marruecos!

IMG_2595

Sobre El Autor

Soy Vito. De raíz riojana y treinta y pico de años. Viví también en Córdoba, Mar del Plata, Buenos Aires. Viajé por Nueva Zelanda, Cuba, Italia, Bolivia y otra veintena de países más. Pediatra de vocación y formación, y en los ratos que me hago entre el trabajo “serio” trato de aprender algo nuevo (tejer, cocinar, fotografiar, hablar otros idiomas, lo que sea). Amante del yoga (a.k.a. “profesora”), curiosa ayurvédica. Estudio y trabajo con la salud y la enfermedad, pero a mí lo único que me curó fue viajar. Una vez sentí que era hora de poner los pies en la tierra… y lo tomé demasiado literal, quizás.

Artículos Relacionados

3 Respuestas

Hacer Comentario

Su dirección de correo electrónico no será publicada.

A %d blogueros les gusta esto: