Llegar a Lisboa tuvo un gustito especial casi desde el principio, porque no estaba muy en los planes. Yo llegué a España, me encontré con mi vieja que ya tenía algo de experiencia madrileña, y recorrimos por esos lares. Teníamos un hueco en el tiempo y hace unos meses mails van, mails viene, alguien dijo “podríamos ir a Lisboa”, con el tonito que usamos en Argentina últimamente para decir “ponele”. La logística continuó recontactando un par de amigos que hice hace ya tres años en Bolivia, para que me recomienden sitios a visitar y me hagan un lugarcito en su agenda para vernos, y fue la clave. Europa da mucho para viajes fugaces, todo el mundo que conocemos que la visita está uno o dos días en cada lugar, y uno por inercia se suma a esa idea, entonces el plan inicial era ir un día a Lisboa y un día a Oporto… No señores. Esa no es la forma de viajar! Yo venía acostumbrada a quedarme semanas de ser posible en mis destinos asiáticos, y mi madre haciendo sus primeros kilómetros con los meniscos rotos y una gran valija que fue víctima de un duro juicio y posterior allanamiento y desalojo, dejaron por el piso esa loca y maratónica idea.

Con poco y mal dormir llegamos en bus a la Estación Oriente de Lisboa antes del amanecer, y nos sorprendió poco gratamente una mega estación totalmente desierta y con los servicios de toda índole cerrados. Sin bares donde pasar el tiempo, boleterías donde averiguar algo sobre nuestro destino próximo, y apenas un baño abierto. Ni las escaleras eléctricas andaban aún! Ahí nos quedamos, haciendo nada, hasta que abrió primero un café, luego la oficina de informes, luego el subte (metro). Estudiamos los mapas pertinentes y nos fuimos a una estación de metro más central que debía dejarnos muy cerca de nuestro alojamiento. Como íbamos muy cargadas y cansadas, decidimos tomar un taxi para sortear las empinadas colinas lisboetas. Ahí aprendí que se debe decir siempre el nombre completo de una calle en una ciudad que no se conoce. Dije sólo el apellido del señor en cuestión, que terminó siendo igual al nombre de otra calle en la otra punta de la ciudad… Después de un paseo en que por suerte el taxista se hizo cargo de mi error, llegamos finalmente a la calle Pedro de Alcántara (NO “Alcántara”!), justo sobre el mirador del mismo nombre, al hostel The Independente. Todo esto y la hermosa primera vista de la ciudad hicieron que automáticamente decidamos dejar de lado la ida a Oporto y quedarnos todo el tiempo posible en Lisboa.

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Hermosa ciudad, hermoso cielo!

Mi amigo Miguel nos diseñó el city tour ideal. Ese día estábamos muy cansadas así que nos limitamos a recorrer el centro de la ciudad, las plazas e iglesias principales, y no mucho más. Almorzamos en un barsucho muy local, yo un salmón a la plancha con ensalada de rechupete, y antes de caer rendida en la cama me fui hasta la Estación Sete Ríos a ver las opciones para nuestro siguiente destino. Luego de una poderosa siesta me desperté aún de día (el verano europeo regala días larguísimos y la puesta del sol no es antes de las 22hs), cenamos algo en el hostel, disfrutando de una cata de vino artesanal que nos invitaron mientras veíamos “Easy Rider”, un peliculón setentoso.

El día siguiente nos encontró con más pilas, después del desayuno del hostel, comenzamos el recorrido por dos imperdibles cuando se está en Lisboa: el Castelo San Jorge y Belén.

Lisboa tiene el encanto de ser encolinada. Claro que no es muy simpático tener que subir ciertas calles, menos si uno vuelve de trabajar o de hacer las compras. No me imagino cómo calculan el tiempo para no llegar tarde a los lugares, porque una cuadra es normal, otra es en subida y la siguiente en caída libre prácticamente. Pero es bella, y cada esquina puede esconder un mirador inmenso o revelar rincones y detalles inolvidables. Una calle que teníamos muy cerca de tan empinada que es tiene su propio ascensor, el Elevador de la Gloria, un mini tranvía o funicular que tiene como único recorrido subir y bajar por las dos cuadras de esa calle. Hay otro ascensor, más parecido a lo que uno conoce como ascensor, se llama de Santa Justa, y te lleva de una calle a otra, conectando dos barrios y uno puede detenerse en el mirador sacar unas lindas fotos, volver a bajar o bien seguir por la siguiente calle.

El elevador de Santa Justa

Me fui por las ramas… El Castelo de San Jorge se encuentra en lo más alto y en el centro de la ciudad, se lo ve y se lo desea desde los puntos más despejados. Fuimos en un bus que va hasta la entrada misma, hay que pagar 7 € y recorrer la fortaleza que lo rodea, los jardines y subir por las escaleras a las murallas y torres. Algo muy lindo para ver es el periscopio. Cada hora hay visitas guiadas en español, ingles y portugués, y te muestran como espiando por el sistema de espejos, toda la ciudad.

El Castillo de San Jorge

De allí fuimos hacia Belén, previo paso por un mercadito del centro donde nos hicimos de los elementos de nuestro almuerzo. Un viajecito de unos 30 minutos y ya estábamos en la plaza, disfrutando un día espléndido. De ahí todo es pasear. Un lindo parque que los lugareños bien disfrutan con deportes al aire libre. Sobresale un gigante monumento en la costa a los conquistadores que de allí partieron rumbo al Nuevo Mundo, la Torre de Belen (5 €), y del otro lado de la avenida costanera, un edificio modernísimo que parece un Shopping pero es el Museo de Arte Moderno. Y el Monasterio de los Jerónimos, que se extiende frente al parque y por todo su largo.

Monasterio de los Jerónimos

Ya casi listas para terminar nuestro mini viaje, esperando el colectivo para volver a Lisboa, recordé las palabras de Miguel acerca de Belén: “no dejes de probar los pasteles de nata, son el mejor dulce del país, y poneles canela!”. Levanté la mirada y vi que estábamos enfrente de la Pastelería Belén, de donde mucha gente salía con un paquetito. Así que allí me mandé y volví con mi propio paquetito a la parada donde ya había pasado el colectivo, pero no nos arrepentimos: riquísimo manjar. Una canastita de masa de factura rellena con crema pastelera, calentito, con azúcar impalpable y, por supuesto, allí cayó mi lluvia de canela.

No dejen de visitar esta tradicional Pastelería, no se van a arrepentir 😉

Volvimos al hostel justo a tiempo de una ducha y recibir a mis amigos que nos sacaron a cenar por una zona donde había fábricas abandonadas y hoy en sus galpones hay bares y restoranes de moda. Un excelente final para dos días hermosos en una ciudad que sin dudas da para mucho más.

Es difícil decirlo, después de haber visto tanta belleza urbana en Europa, pero recuerdo que mi primera sensación al ver Lisboa fue “es la ciudad más bonita que ví en mi vida!”. Y para mejor, es el lugar más barato que pisé del Viejo Continente. La recomiendo en cualquier itinerario por la península!

Cenando bacalao con Miguel y Pedro, para despedirnos de Lisboa

DATOS ÚTILES

ALOJAMIENTO: nos hospedamos en The Independente Hostel, hermoso, limpio, cómodo, seguro. 11 €/noche en dormitorio mixto con desayuno incluído.

TRANSPORTE: llegamos desde Madrid por bus de Auto-Res, 34 €, viaje de 8 horas no muy cómodo, pero igual a todos por Europa. Jubilados con 30% de descuento. Estudiantes también tienen descuento, del 10% creo. Para moverse en la ciudad lo más práctico es sacar un boleto integrado de 24 hs que sale 5€. Con eso podés viajar en metro y bus y alcanza para ir, por ejemplo, a Belén.

COMIDA: sin tener que buscar mucho almorzamos en la ciudad por 6 € cada una, con bebida incluida. En un mercado del centro compramos comida por kilo para el siguiente almuerzo y gastamos 2 € cada una. La cena con mis amigos fue una atención de ellos, pero un plato, dos cervezas y un postre por persona fue algo menos de 20 € cada uno. Para darse un gustazo, nada mal!

5 Respuestas

  1. Isabel Mércol

    Caminando por la sorprendente Lisboa, de repente nos encontramos con una estatua “distinta”: un hombre sentado en un banco pequeño, vestido con túnica de monje, que sonríe con desprecio ,agachado, y con la mano en idéntica posición de afirmación o invitación de los raperos. Anoté el nombre: “Chiado”, y averiguado que fue su origen, aporto:
    Don Antonio Ribeiro, Chiado, fue un poeta dicharachero, fanfarrón y pendenciero que nació en Evora en 1520. Ingresó a la orden de los franciscanos, la cual abandonó para ir a vivir a Lisboa. Vistió siempre el hábito de monje y demostró gran ingenio y talento escribiendo diversos obras religiosas y / o satíricas, alguna de las cuales fue representado ante el rey de Portugal, Don Juan III. Muy conocido y estimado por su socarronería y buen humor, deambulaba por el barrio improvisando y recitando jocosos versos e imitando con gracia y desenfado la voz y los gestos de conocidos personajes de Lisboa, a los que ridiculizaba entre los festejos de los caminantes, lo que le hizo un personaje muy querido y popular que agarraba, de paso, alguna que otra borrachera y provocó más de un celebrado escándalo. Según algunos, su apodo, Chiado, tiene que ver con el barrio. Pero otros opinan distinto… ¿ Quién tiene ese dato?
    Ah! Murió en 1591… el año de fundación de la ciudad de La Rioja- Argentina. ¿Casualidad? Naaaaaaaaa!

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      • Vito

        Mirá q interesante si esa versión es cierta! La verdad que con el aspecto casi “rudo” de la estatua ni me imagino que haya tenido una voz chillona… no todo es lo que parece, no? 😉

      • efivern

        Supongo que ese timbre lo haría aún más cómico… lo notable es cómo la ciudad honra a sus poetas. Camoens, Pessoa, Saramago… Toda la ciudad, en realidad, es poesía!

  2. Betty

    Gracias Victoria… que belleza … ya lo había elegido como mi próximo destino… de la mano de los libros de mi amado Saramago… <3 mi amiga Isabel se me adelantó, tendré que ir con otra ¿o volverías Isa?

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