En París había un momento del día que se convirtió en mi favorito, la tardecita… tipo 6. Y es porque en la calle se empezaba a ver la gente que volvía de trabajar a su casa, o cualquier turista que anduviera paseando a esa hora, pero todos con un detalle común… la baguette bajo el brazo! La segunda horneada del día de las panaderías atraía a todos con su olor. Hasta un día x no éramos muy fans del famoso pan francés, pero era porque no habíamos pasado por el lugar adecuado a la hora adecuada. La esquina que les recomiendo para esta hora del día es en la Avenida Kleber y Rue Longchamps (o por ahí…), en esa panadería compramos la mejor baguette del mundo. Calentita y con el equilibrio justo entre el crocante exterior y la esponjosidad interior. Con la felicidad rondando el paladar, fuimos una vez más a ver la Torre Eiffel, esta vez desde el Trocadero.

La alegría es más por la baguette que por el paisaje, confieso!

Mariano ya le dedicó todo un foto-post eclusivo, porque se lo merece, porque La Torre no dejaba de llamarnos en silencio, con su sola presencia… Es raro que un amasijo de hierro tenga tanto poder, pero es así, verla es uno de los hitos de este viaje. Y no poder sacarle los ojos de encima un efecto secundario…
No es muy alta pero la ciudad entera la respeta y la deja resaltar, no hay nada más alto que ella por kms. Entonces uno dobla una esquina y ahí aparece, como guiñando el ojo, “sigo acá, vení!”, y uno va. Pasamos por ahí todos los días, sin querer queriendo. De día, de tarde, de noche. No sé cuál es mejor… Es una gran modelo, realmente la cámara la ama!

Gran Torre y el cielo más hermoso aún

Como una excusa para verla, también les puedo contar que esos paseos nos llevaron a otro protagonista de la película Medianoche en París, el Puente Alejandro III. El Sena es cruzado por varios puentes, todos distintos, cada uno con su estilo y personalidad bien definidos, siendo así, éste es el más señorial, como una galería de arte a cielo abierto.

Por el puente, como un parisino más, con la baguette bajo el brazo

Del otro lado, pasando por largos jardines, está el no menos ostentoso Museo de los Inválidos, donde descansa ni más ni menos que Don Napoleón.

Si de puentes y ciudad romántica hablamos, hay que conocer el Puente de l´Archêveché, más conocido como el Puente de los candados. Sería uno de los puentes menos vistosos dela ciudad si no fuera porque un día empezó a poblarse de promesas de amor, candados con nombres y fecha, de todo tipo, tamaño, forma y color. Mi pregunta sin respuesta… qué habrá sido de la suerte de todas estas parejas???

Candados del Amor

Pero eshtamosh en Parísh, bolo, la capital de la moda! Y hay un paseo cajeta por excelencia… Champs Elysee. Topísima avenida, cheta entre las chetas, con todo el estilo. Desde la Plaza de la Concorde hasta el Arco del Triunfo, una mueve la cabeza y se siente como en un desfile! Restoranes y tiendas de primerísimas marcas en las amplias veredas, y por la calle, por ejemplo, tipo-naa, un Lamborggini… Había que estar a la altura y caminarla con estilo 🙂 .

Co-producción con Bugayo, de irandando.wordpress.com 😉

Se nos hizo de noche… los invito a tirarse en los Campos de Marte con nosotros y disfrutar del show, con una birrita o una botellita de vino. A las nueve de la noche la Torre comienza a encenderse, y desde las diez, cada hora y durante cinco minutos hay un show de luces intermitentes.
Si se la bancan, esperen hasta el último, el de la una, que es mágico.

Es mágiqueee

Glamorosa Ella!

Creo que a París hay que ir al menos una vez en la vida… y ahora que ya fui, creo que también hay que volver!

Sobre El Autor

Soy Vito. De raíz riojana y treinta y pico de años. Viví también en Córdoba, Mar del Plata, Buenos Aires. Viajé por Nueva Zelanda, Cuba, Italia, Bolivia y otra veintena de países más. Pediatra de vocación y formación, y en los ratos que me hago entre el trabajo “serio” trato de aprender algo nuevo (tejer, cocinar, fotografiar, hablar otros idiomas, lo que sea). Amante del yoga (a.k.a. “profesora”), curiosa ayurvédica. Estudio y trabajo con la salud y la enfermedad, pero a mí lo único que me curó fue viajar. Una vez sentí que era hora de poner los pies en la tierra… y lo tomé demasiado literal, quizás.

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