“Sidharta continuó su viaje hasta llegar a un lugar cerca de Bodh Gaya, en la India, que encontró apropiado para el recogimiento. Se estableció allí y empezó a practicar la meditación llamada concentración, semejante al espacio, del Dharmakaya, con la cual se enfocó de manera convergente en la naturaleza última de todos los fenómenos.

»Después de adiestrarse en esta práctica durante seis años, comprendió que estaba a punto de alcanzar la iluminación. Entonces, caminó hasta Bodh Gaya, y allí, el día de luna llena del cuarto mes del calendario lunar, se sentó en la postura de meditación bajo el Árbol Bodhi e hizo la promesa de no abandonar su meditación hasta no alcanzar la iluminación perfecta.”

 Introducción al budismo, de Gueshe Kelsang Gyatso

Como todo en este país, dejar Calcuta fue una experiencia en sí misma. La estación desde donde salía mi tren es Howrah y fue mi primer contacto con el famoso sistema de ferrocarriles indio, como todo, extremo. Ya desde algunos kilómetros antes de llegar, yendo en colectivo urbano para hacerlo más autóctono, la multitud era impresionante. La estación tiene al menos 10 puertas de entrada, porque yo entre por ese número llevada por la corriente de cientos de indios que entraban por ahi, en contra de los otros cientos que salían. Me imaginé que desde el cielo se debe ver como un hormiguero… Pensé que iba a ser imposible encontrarme con Elisa, la irlandesa con la que organicé casi todo mi viaje,  pero la vi ni bien entró.

Hay que llegar con tiempo suficiente para entender el mega tablero electrónico, ubicar el número de tren y su respectivo andén y luego caminar tal vez cien metros a lo largo de los vagones para subir al carro que corresponde a nuestro boleto. No todos los vagones  se conectan entre sí, por eso hay que subir al propio antes que la bestia se ponga en marcha.

Esa primera experiencia en tren no estuvo nada mal. Si bien no era la la clase ideal ni la más recomendada , fue mucho mejor que aquella tercera clase de los trenes tailandeses. Ahí conocimos a Jonas, un frances mas jóven de lo que su mentalidad y personalidad demuestran, y con quien seguiríamos viaje un tiempo más.

Nuestro destino de ese viaje era Gaya, estación (y ciudad) desde donde se llega a Bodhgaya, el real objetivo del viaje: el sitio de iluminación del Buda. Desde Gaya tomamos un Tuk Tuk entre los tres que pagamos a 150 rupias en total, en teoría se puede ir también en bus local, pero no nos hicimos tiempo a averiguarlo. Y subiéndose a un Tuk Tuk uno se entrega a las reglas del juego: aunque le digas una dirección puntual siempre te va a llevar a donde sus amigos para poder tener su comisión. Y así fue, más porque nosotros no teníamos ninguna reserva ni dirección a donde ir. El sistema es un poco agotador en cuanto a la negociación, pero no te convierte en un rehén, siempre te podés ir del lugar que te muestran si no te gusta. Terminamos en un lugar ni tan malo ni tan bueno, no tenía wi fi, ni tampoco sus vecinos. Se llamaba Monica Guesthouse (creo) y pagamos 250 rupias entre los tres. Ellos nos llevaron también a un lugar para almorzar, y por lo que vimos el resto de los días, todos son similares en calidad y precios, una comida por 90 rupias aproximadamente. Se puede comer por mucho menos, pero cuando estás cansado y hambriento, no está mal.

Entrando al Templo Mahabodhi

El tour por el pueblo empieza obligadamente por el templo principal, Mahabodhi. Según la tradición, allí llegó el príncipe Siddhartha en su peregrinación, se sentó bajo el árbol bodhi y meditó durante tres días y sus tres noche hasta llegar a la Iluminación (Nirvana). No contento con eso, durante las siguientes siete semanas anduvo meditando por la región, y siguiendo estos pasos es que se constituyó el Camino Precioso, un recorrido por los sitios donde se cree que Buda pasó sus días de meditación. Por este simple hecho es un lugar sagrado, de visita obligada a los budistas y centro mundial de monasterios varios donde monjes de todo el mundo llegan a hacer sus meditaciones.

El famoso árbol (?)

El conjunto de templos se extiende hasta algunos kilómetros hacia el río, pero no llegamos hasta ahí. En cambio fuimos a un templo tailandés, y a la Gran Estatua de Buda, regalo japonés al pueblo budista de India.

Gran Buda (pequeña Vito)

El lugar fuera de estos templos es precario, con un bullicioso sector de mercado en la mismísima calle, por lo que circular es una odisea. Apenas algunas cuadras fuera, las calles ya son de tierra, y en temporada pre monzónica como la que vivimos, lo mejor es olvidarse del calzado, usar como mucho unas ojotas para que el barro te deje la piel de los pies muy suavecita 😉

Despelote bodhgayense

No hicimos mucho más. La estadía, ya corta, se acortó aún más porque conseguimos cambiar el boleto de tren para irnos antes a Varanasi, un lugar que creíamos que valía la pena quedarse un poco más, dentro de nuestro escaso margen de tiempo, y no nos equivocamos…

Sobre El Autor

Soy Vito. De raíz riojana y treinta y pico de años. Viví también en Córdoba, Mar del Plata, Buenos Aires. Viajé por Nueva Zelanda, Cuba, Italia, Bolivia y otra veintena de países más. Pediatra de vocación y formación, y en los ratos que me hago entre el trabajo “serio” trato de aprender algo nuevo (tejer, cocinar, fotografiar, hablar otros idiomas, lo que sea). Amante del yoga (a.k.a. “profesora”), curiosa ayurvédica. Estudio y trabajo con la salud y la enfermedad, pero a mí lo único que me curó fue viajar. Una vez sentí que era hora de poner los pies en la tierra… y lo tomé demasiado literal, quizás.

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