Ayutthaya, la antigua capital de Siam… Y como me costó aprender ese nombre!
Mi objetivo era huir de Bangkok, y vi que estaba este rincón interesante a menos de 80 km de la big city, así que me apuré y salí casi corriendo a buscar un colectivo que me llevara a la estación de bus. Tanto me apuré que me olvidé en el hostel mi libretita negra, donde venía anotando todos mis gatos, y la info al paso, como el nombre de esta ciudad por ejemplo…

El apuro era por llegar de día a destino, pero estuve tal vez más de una hora esperando el bondi, una hora más viajando hacia la estación, y unos veinte minutos más en llegar a la estación correcta, porque me bajé donde no debía. El primer indicio de que no estaba donde debía fue que era muy chica para ser la estación que recibe y despide los viajes al norte del país. Todo (todo) estaba escrito en tailandes, así que tuve que preguntar desde donde salía a mi destino, no lo recordaba (me salía Atalaya!), y ahí fue cuando me di cuenta que no tenía mi libretita… Y cuando a eso se sumó la noticia de que no estaba en la estación adecuada tuve que respirar hondo y contar hasta diez (esto significa que me auto insulté mucho mucho). Yo no sabía el nombre de la ciudad, la señorita de informes no sabía escribir en inglés, así que me anotó en un papel el nombre de una ciudad en tai y me dijo que vuelva a tomar el bondi unos diez minutos más de viaje.

Llegué a la estación adecuada, Mo Chit, después de atravesar un mercado de pasillos muy estrechos. Esta vez sí en una estación digna de ser principal, pero también en tai. Yo seguía sin saber el nombre y habían pocos destinos en inglés, los del sur y cercanos a las islas, y aunque yo también tenía escrito el nombre de mi ciudad en tai fue imposible darme cuenta cual era. Sabía que el tiempo se me estaba acabando para encontrar el último bus. Encontré algo que me pareció un escritorio de informes. Pregunté con toda la vergüenza por una ciudad que no sabía como se llamaba, pero después de varios intentos el hombre me interpretó y me mandó a la ventanilla de la empresa. Ahí la señorita de atención me dijo que ya no había lugar y que fuera a preguntar en otro lado. En ese otro lado me dijeron que siga a otra señorita. Esa señorita me llevó hasta una combi y me dijo que subiera. Yo subí (repitiendo mentalmente una y otra vez el nombre “Ayutthaya Ayutthaya Ayutthaya”). Era la única persona a bordo. Un señor vino y me preguntó donde iba, y yo casi con orgullo contesté “Ayutthaya!”, y me cobró 60 baths. Subieron algunas personas más y al rato ya estábamos en camino. Ya era de noche, y en el medio del viaje, en una autopista muy congestionada, el chofer empezó a preguntarme de nuevo a dónde iba… Durante una media hora en la que mientras avanzaba subía y bajaba gente, yo no tenía idea si faltaba mucho, poquito o nada para llegar, el hombre que me seguía preguntando a dónde iba (era lo único que sabía decir en inglés) y luego de mi respuesta decía cosas en tai que bien me parecían a un equivalente de “turista boluda, qué carajo hace acá!”, hasta que una puber que volvía del colegio empezó a ayudarme con la traducción.

El tema era que el señor chofer no tenía intenciones de ir a la estación de buses de Ayutthaya y quería saber dónde me hospedaba para saber donde dejarme. Pero yo, como casi siempre, no tenía idea de dónde me iba a hospedar. Por suerte recordaba el nombre de una guest house que había visto en intenet así que empecé a decirlo, parecía realmente boba, sólo decía “Ayutthaya! Tony guest house!”. Para mi desazón la puber se bajó de la combi, pero antes me hizo una señal de “ta todo bien”, y quedé a la deriva del chofer loco y otro pasajero que se apiadó de mi y con un muy básico inglés me dijo que me iba a acompañar hasta la calle de los hostales.

Más tarde, con varios días de pueblo encima entendí, la estación de buses está fuera de la ciudad, y las combis tienen algunas paradas en el pueblo, una de las cuales está en la esquina de la mayoría de los hostales.

Mi primer hogar fue entonces lo de Tony. Lindo y sobre todo lindo estar por primera vez en esta aventura en habitación privada! Antes de mi llegada al parecer, una tormenta había caído sobre el pueblo malogrando el funcionamiento del wi fi, pero a los dos días soleados y sin conexión me pareció que me estaban cachando y me mudé en frente, lo de Toto! Genial, más barato y más “nuevo”.
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El encanto del pueblo se deja descubrir en bicicleta o moto para los más vagos. Así que mapa en mano (y cámara de fotos, infaltable), recorrí todos los templos que el agobiante calor me permitió. Junto con el mapa te dan un librito con la historia resumida de las “bellezas de Ayutthaya”, así que no me voy a explayar… Basta saber que este lugar fue la antigua capital del reino de Siam (hoy más conocido como “Tailandia”) y los templos en su mayoría fueron construidos por los reyes en algún momento particular de su vida como la espera de la hija que se fuga con su amante, el honor a sus padres, la preparación de su partida de este mundo.

El paseo es exquisito incluso con semejante calor. Uno se cruza todo el tiempo con otros turistas, los incansables taxistas y tuc-tucs, y porqué no, con elefantes. Fue aquí que presencié el brutal golpeteo en la cabeza del paquidermo que hizo que cambiara de parecer respecto a los paseos en elefantes, así que les dejo el gusto a los japoneses que no se pierden una (en especial si involucra un medio de transporte… No caminan ni aunque les pagues!).
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Otras bondades tailandesas que descubrí en mi estadía en el pueblo son dos cosas que considero fundamentales para el bolsillo mochilero: hay lavarropas autoservice en la vereda (por la módica suma de entre 10 y 50 baths, según el lugar, se puede lavar y secar), y hay máquinas expendedoras de agua potable, también en las veredas, a disposición del público en general, por tan sólo 1 bath (15 centavos argentinos… La mismisima NADA en dólares) se puede tener hasta un litro y medio de agua, según la máquina, eso no lo aprendí muy bien porque están en tai exclusivamente.

Me hubiera quedado vivir ahí, ciudad con vida de pueblo, clases de gimnasia públicas, internet para todos en la calle, y encima el día que me voy la dueña de uno de los hostales me dice que necesita gente para trabajar… Pero me esperaba Chiang Mai y el reencuentro con Sabrina.

La retirada hacia el norte era más barata sí me volvía a Bangkok, cosa que no me simpatizaba en absoluto, pero a veces el bolsillo manda, así que volví a la vieja y querida tercera clase del tren, reloaded: hora y media de viaje parada! A esta altura ya me sentía una lugareña más, y como habrá sido mi actitud que me fui de la estación de trenes sin que un sólo taxista me ofreciera viaje!
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Sobre El Autor

Soy Vito. De raíz riojana y treinta y pico de años. Viví también en Córdoba, Mar del Plata, Buenos Aires. Viajé por Nueva Zelanda, Cuba, Italia, Bolivia y otra veintena de países más. Pediatra de vocación y formación, y en los ratos que me hago entre el trabajo “serio” trato de aprender algo nuevo (tejer, cocinar, fotografiar, hablar otros idiomas, lo que sea). Amante del yoga (a.k.a. “profesora”), curiosa ayurvédica. Estudio y trabajo con la salud y la enfermedad, pero a mí lo único que me curó fue viajar. Una vez sentí que era hora de poner los pies en la tierra… y lo tomé demasiado literal, quizás.

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