Llegar a la selva desde Melaka no fue cosa simple.

Primera parada, Temerloh. Ni bien me bajé del bus un señor se me acercó a preguntarme dónde iba. Ante mi respuesta “a Taman Negara” desplegó todo su arsenal de agente turístico que era, y me dijo que ya no había buses a Jerantut hasta el día siguiente, pero él me podía llevar “por tan sólo” 80 RM (= mucho). Respiré hondo y puse a prueba mi hipótesis de que la claridad mental para tomar decisiones es inversamente proporcional al volumen ocupado de la vejiga, así que le dije que necesitaba un momento (o un baño) para contestarle. Y tenía razón no más (yo): vacía la vejiga, clara la mente para entender que estaba en la terminal de  colectivos y que si realmente no había más salidas por el día era el mejor lugar para averiguarlo. Y no, en media hora salía un cole a Jerantut. El Sr agente/remisero se excusó en que a veces los fines de semana hay un bus extra, y ésa era mi suerte aquel día… Le creemos?

Llegué a Jerantut por la noche y de ahí si que ya no salía nada más. Seguí el consejo de un perfecto desconocido que me guió hacia un hostal donde conocí a otro lugareño que me dijo cómo podía seguir mi viaje. Dormí en la habitación privada más barata del mundo (8 RM = muy poco), y al día siguiente en la terminal conocí a Epy. Él trabaja en la boleteria de la empresa Transnasional y me tiró la posta de cómo ir al parque Taman Negara y luego hacia las islas. Y le creí de primera, porque la gente buena se reconoce, creo, y porque todas las opciones que me daba eran las de otras empresas, porque eran más baratas. Se lamentó de que me fuera ese mismo día sin haber conocido la catarata, la reserva de ciervos o el santuario de elefantes, y me dijo que si alguna vez volvía él me llevaría. Y volví, y lo hizo.

Pero antes fui a la selva.

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El viaje de 45 minutos a Kuala Tahan duró una hora y media. Fui la última pasajera a bordo de la combi. Recorrí los pocos metros de calle para meterme en un sendero, que también a los pocos metros me dejó en la entrada del hostal. Deposité mis petates y fui a recorrer un poco el pueblo, al atardecer. Terminé la vuelta en el hostal vecino donde conocí a Asri y Badrul, dos lugareños que trabajaban ahí. Asri, gran conocedor de la zona, me recomendó en otras cosas que probara el kwe tehao del restorán del hostal, y fue una de las mejores comidas, así que desde ese momento tomé su palabra muy en serio. Badrul, otrora chef, ahora guía ocasional en la selva, y artista, me describió algunas de las pinturas que tenía ahí reflejando rasgos de la cultura de los nativos de la selva. La noche me encontró ahí, sentada, escuchando música, hablando de la historia de una turista yanki desaparecida hace algunos años en la selva y las diversas teorías de su destino, y escuchando a Badrul hablar el español que está aprendiendo. Ahí también conocí a Peggy, francesa, que se hospedaba en ese hostel.

La encontré a la mañana siguiente para el desayuno frente a la parada de colectivos. Teníamos dos objetivos claros, comer roti canai y hacer un treking en la selva. El roti canai del día fue de queso (probé casi todas las variedades en mis días malayos). El treking fue muy bueno.

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En un día y sin la necesidad de un guía, se pueden recorrer algo más de 4 km, que parece poco después de los que hice en Nueva Zelanda, pero en la selva (recordemos el concepto “rainforest”…) puede ser agotador. Y lo fue luego de 4 horas y media de casi caernos muchas veces. El primer tramo es hacia los puentes colgantes, hay 500 metros de pasillos estrechos sostenidos por cuerdas entre los altos árboles, pero tuvimos la mala suerte de que los últimos 200 metros estaban cerrados, y por supuesto parecían los mejores puentes.

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Luego el camino es hacia Bukit Teresek, un mirador. Ahí se empezó a complicar e incluso vimos varios grupos que regresaban por el mismo camino vencidos por los obstáculos. No había llovido el día anterior pero el camino estaba muy deteriorado, mucho barro, árboles caídos sobre el sendero, y señales de precaución por todos lados. De todas formas avanzamos y fue muy interesante y divertido lograr abrirnos camino. Ese tramo lo hicimos con tres franceses más. Llegamos a un descanso donde es posible bañarse en el río “a su propio riesgo”… Estaba muy cansada y la corriente se veía muy fuerte, así que sólo me deleite contemplando la naturaleza a mi alrededor, y vimos monitos saltando de rama en rama para comer vaya a saber qué, mariposas de colores locos, y algo que creímos que era un cocodrilo y después me enteré que se llama “monitor“… Un lagarto básicamente, pero muy grande.
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De ahí el regreso al ingreso del parque fue corto y relativamente simple. Cruzamos el río en el mismo bote que nos había depositado ahí temprano, y nos sentamos en la primera mesa que vimos en el restoran flotante donde desembarcamos, estábamos hambrientos, embarrados y felices. Y el plus de no tener ninguna sanguijuela prendida a los tobillos me hizo sentir más que realizada.

Por la tarde llegó Lohini y nos acompañó al Safari por el Río… La idea de hacer una aventura nocturna por la selva no resultó en Ecuador y tampoco en Malasia, aunque ésta vez el mero espectáculo de la noche estrellada desde el río fue suficiente.

El día siguiente parecía perdido. Como Lohini llegó por la tarde, hizo el treking de la selva por la mañana y la esperé en el pueblo. De todos modos el primer bus, de las 7 am nunca salió, así que aunque hubiera querido no hubiera podido irme. Mucho calor, sin Internet, volví a donde mi amigo Badrul y me quedé escuchando música con él y tratando de dibujar algo.

Cuando Lohini volvió, almorzamos y al poco tiempo llegó el colectivo para regresar a Jerantut. Una vez allí, recordé que mi amigo personal, Epy, estaba trabajando aún y tenía aire acondicionado, así que fuimos a saludarlo. Nos confirmó que ya no teníamos bus ese día para acercarnos a las Perhentian, y podíamos tomar el tren en la madrugada. Casi doce horas de espera por delante, y Epy se recibió de “mi malayo favorito”: cumplió su palabra y al finalizar su horario laboral nos llevó en su auto a la catarata.

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En el camino nos contó sobre cómo el gobierno protege a los nativos, los orang asli, dándoles tierras (o no quitandoselas, no?), educación, salud y transporte gratuito. Y en sus asentamientos son los únicos que pueden cazar a los animales salvajes y usar los recursos de la tierra. Nos mostró unos edificios que en vez de ventanas tienen pequeños huecos, y en vez de gente reciben pájaros que hacen sus nidos allí, y generan un material comercial muy valioso, y a esa hora a la que pasábamos sonaban de unos radios los cantos de las aves grabados para atraerlos. La tormenta del día se hizo presente, y ya estábamos sobre la hora de rezo musulmán así que nos llevó a su casa. Mientras él oraba conocimos a su madre y abuela. Tomamos agua de bali, y aprendimos la recta del satay, ya que la señora era cocinera y ese fin de semana tenía una gran feria en la selva, tenía preparados para vender 800 pinchos de pollo!

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Volvimos al centro donde invitamos la cena a Epy por su gran generosidad y atención, y él nos invitó a su gimnasio! Tenía que hacer su rutina, y yo aproveché para usar el wi fi, sin mover más que los dedos aún después de haber confirmado que ya subí tres kilos en Asia… El resto de la noche lo pasamos en el café cerca de la estación, y cerca de las tres de la mañana subimos a nuestro vagón en clase “sleepers” para pasar la noche recorriendo el camino hacia la costa Este.

Llegamos a Kota Barhu. Desde ahí bus a Kuala Besut. Y por último ferry a la isla chica de las Perhentian. Normalmente sale 70 RM ida y vuelta, pero con el bus a Kuala Besut nos conseguimos un descuento de 10 RM, la letra chica nuevamente se hizo presente, sí uno va a Long Beach el barco te deja a unos cincuenta metros de la costa… Por lo que hay que pagar 2 RM más por el “water taxi”.
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Estuvimos tres noches allí, en tres hostales distintos. La primera en Long Beach, en el Moonlight, el que menos me gustó, pero ahí volví a encontar a Asri y nuevamente me tiró la posta de donde hospedarnos y hacer el tour de snorkel. Para la segunda noche ya teníamos reservado en el medio de la isla, el Tropicana, más barato y con wi fi por la noche (energía eléctrica por generador), y lo mejor para el final, Shari La, en Coral Bay. Un resort que tiene dos dormitorios para mochileros. Hicimos ahí el tour de snorkel que incluía desayuno bufet. Durante tres horas nadamos con peces de colores, una tortuga marina de mi tamaño, y un par de tiburones algo más grandes. El final del tour es en el faro desde donde me tiré de clavado y el golpe en el agua me dejó un moreton en la pierna y me robó los aritos.
Ya lo aprendí en Fiji, todo en una isla es más caro que en tierra firme, así y todo es mucho más barato que mis últimas vacaciones en el NOA así que a disfrutar del paraíso sin culpas…
La última noche fue casi en familia. Habíamos coincidido con dos argentinos, un uruguayo, y tres chilenos, con quienes compartimos una rica parrillada de pescado e historias de viaje interminables.
La vida playera induce a un ocio que es difícil de abandonar, pero para no ser succionada por ese círculo vicioso, me despedí de la arena y tomé rumbo hacia Tailandia.
De Malasia no tengo más que buenos recuerdos desde ahora. La gente super amable, los precios muy buenos y con una buena calidad en alojamiento, comida y actividades. Espero volver algún día!
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Sobre El Autor

Soy Vito. De raíz riojana y treinta y pico de años. Viví también en Córdoba, Mar del Plata, Buenos Aires. Viajé por Nueva Zelanda, Cuba, Italia, Bolivia y otra veintena de países más. Pediatra de vocación y formación, y en los ratos que me hago entre el trabajo “serio” trato de aprender algo nuevo (tejer, cocinar, fotografiar, hablar otros idiomas, lo que sea). Amante del yoga (a.k.a. “profesora”), curiosa ayurvédica. Estudio y trabajo con la salud y la enfermedad, pero a mí lo único que me curó fue viajar. Una vez sentí que era hora de poner los pies en la tierra… y lo tomé demasiado literal, quizás.

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