Llegué a Wellington después de cinco horas de viaje, que para estas tierras son un montón. Recién caída la noche, nublado, llovizna… Le pregunté a la chofer más buena onda del mundo dónde me convenía bajar teniendo en cuenta que tenía que ir a la calle Lambton Quay, y me lo indicó.
La mina se había pasado el viaje relatado cada una de las paradas y dándonos consejos de los destinos a los que íbamos llegando, todo a través de un microfonito y con una voz casi sexy. En realidad usaba un tono bajo de voz para no despertar a los que venían durmiendo, pero era muy gracioso porque parecía que la que venía más dormida era ella, cosa que no era así y quedaba claro en su excelente forma de manejarse por esas rutas sinuosas, así que concluí que era calienta-pava de vocación.
Tenía que encontrar Lambton Quay, no porque tuviera mi hostel reservado en esa calle, no señor. Tenía que tomar un bondi que me lleve a Karori Park, donde viven Sahnnon, Rob y su pequeña niña, Olivia, mis anfitriones de Couchsurfing. A poco de iniciar el viaje en el cole, que tardó sus buenos veinte minutos en aparecer, vi el primer cartel de “Karori algo” y me parecía muy pronto para haber llegado. Esperé, y empecé a ver otros carteles así que estaba casi segura de haberme pasado. El cole ya se había vaciado casi y le pregunté a una chica sí conocía la calle a la que iba, y sacó su smart phone y Google Maps me indicó que estaba bien encaminada. En la épocas de los viajes de Julio Verne esto no pasaba…
La parada en la que me tenía que bajar era la última, la última de ese horario, que es un par antes de lo q hubiera sido más temprano. Y el camino era en subida, muy en subida, tanto como el peso que cargaba a mis espaldas. El nro de la casa que buscaba era 53, y de donde yo vengo eso significa que está a mitad de cuadra… Acá no, significa que es la casa número 53 de la calle, y te hay unas seis casas por cuadra!
Me di cuenta cual era por ser la que tenía mucha gente adentro. Yo era la “surfista” nro 8 de esa noche! Cinco del resto se iban en la mañana, y sólo quedábamos el finde una pareja de franceses y yo. Esa noche jugamos a un juego de  construir ciudades y monumentos en Alemania. La posta era tener bolsa de dormir para pasar la noche ahí, porque sí bien el corazón de esta gente es más que grande, y la casa también, sólo tenían un sofá, así que para mi fue una colchoneta y un par de frazadas. Por suerte tenían una alfombra bastante gordita y cálida.
El primer día la fiaca empezó a hacerse sentir pero finalmente tipo mediodía salí a la ciudad. El viaje en colectivo me había parecido bastante rápido pero no era tan cerca, nada cerca, tardé una hora y media caminando en llegar al centro. Estaba en una suerte de conurbano wellingtoniano. Llegué al centro bastante cansada por supuesto, pero encontré el museo Te Papa y me mandé. Gratarola como debe ser, muy grande, modernoso, interactivo, multimedia, todo ese tipo de la palabras le van muy bien. Interesante por supuesto. Una de las primeras cosas que encontré fue el calmar gigante. Gigante. Exhibido en una pileta, rodeado de explicaciones anatómicas y con una pantalla que relata su historia una y otra vez en un video de dos minutos o algo más. Fue encontrado “casualmente” mientras un buque pescaba en la Antártida.

Hay imágenes del momento y es bastante triste ver que estaba vivo, más bien el calamar los encontró a ellos, porque se agarró a un pez que estaba en uno de los anzuelos. LA calamar, es una nena, era. La estudiaron por todos lados. Es un orgullo el descubrimiento para ellos, pero me alejé con sensaciones contradictorias. Después de eso, la réplica del corazón de una ballena casi ni me llamó la atención, y para la sala de historia maori y neozelandesa estaba muy cansada, así que no le presté mucha atención. Y el clásico de los museos acá: el simulacro de terremoto y todas las explicaciones del caso.
Un par de vueltas más al centro, pasé por el super porque extrañaba algo de frutas y verduras, y volví al hogar. Esa noche fue para ver una peli, “una que entendamos todos”! El chico de la pareja francesa no casaba un bolo de inglés, así que la ingeniosa solución del  de casa fue ver una película muda, cine independiente checo, graciosa, rara, perfectamente entendida por todos.
Al día siguiente, sábado, acompañé a Rob y su pequeña Olivia a una feria, más bien dos. Una vez al año escuelas e iglesias hacen una feria, tipo kermese, para recaudar dinero. Ahí habían comprado el año anterior su microondas a tan sólo 10 dólares y seguía andando. Este año volvió con una sanguchera y una batidora bajo el brazo, y sólo siete dólares menos. La de la escuela fue bastante linda, muy grande, muchos juegos para los chicos, un patio de comidas, y hasta tuve el privilegio de escuchar a la banda del colegio, su hit todavía me suena, “you can count on me like one-two-three…”, pegadizo!


Cuando volví al hogar simplemente tenía ganas de hacer NADA. Si en mi vida habitual la mayoría de los días son apenas ordinarios, no puedo pretender pasarme el año haciendo grandes cosas todos los días, algún día tengo que estar al pedo, y fue ese. Pasé algo así como 6 hs en Skype (:-)) y no hice nada más.
El domingo se fueron los franceses y vino una yanki. Los dueños de casa se fueron a la iglesia, yo me quedé desayunado tranqui en la casa y hablando con mi madre que me contaba que Wellington es la ciudad del viento, cosa que no me había llamado la atención hasta ese día. Me fui al centro, intenté subir al Monte Victoria pero me quedé a mitad de camino porque tuve miedo de que se me haga tarde, me tenía que encontrar con “la flia” en el centro para volver a la casa. Bajé y estuve un rato en la playa persiguiendo a una pareja de gaviotas, se notaba cuál era la fémina porque no paraba de romperle los quinotos al macho que le huía (pero no tanto…), un dato no menor para situarnos en la discusión conyugal: era DOMINGO! 😛


Fui al punto de encuentro que era el estacionamiento del museo, y me di cuenta porqué iban a estar ahí, un mercado de productos frescos, la querida “feria del productor al consumidor”. Un golazo. Frutas y verduras mucho más baratas que en el super. También había varios puestos de comida al paso donde encontré una chilena que vendía empanadas… A 5 dólares la unidad…


Ahí fue donde nos encontramos con Nancy, de Arizona, “donde se filman todas las películas del lejano Oeste”. Es maestra de inglés y enseña online por lo que hace más de tres años que está viajando. Lo que se diría una grosa.
Después que dejamos sus cosas en la casa, Shannon nos llevó a pasear en auto, a lugares a los que no van los bondis y es muy difícil o imposible llegar caminando.
El primer lugar fue un campo eólico. Impresionante. Dimos una gran vuelta por ahí, el viento nos volaba la peluca, el ruido de las aspas cuando estábamos cerca de alguna torre era increíble. Desde uno de los miradores se alcanzaba a ver la isla sur, aunque el horizonte estaba bastante brumoso. Después fuimos al punto más alto de la ciudad, con una mejor vista que desde el mirador del Monte Victoria. Wrigts Hill Reserve, ahí hay varios bunkers de la época de la Segunda Guerra Mundial y de los conflictos con Japón. Y está la base de un cañón que se hizo famoso por no haber sido disparado nunca en combate. Motivo de orgullo para los lugareños que se consideran unos “pacifistas” desde aquellas épocas. Llegamos tarde, pero hay visitas guiadas al interior de los bunkers y túneles, y las fotos son temerosamente interesantes.
Esa noche, mi última noche, llegaron una pareja de alemanes que venían manejando una van/combi. Consiguieron un trato muy interesante que es popular en todas las empresas que alquilan vehículos al finalizar el verano y consiste en la relocalizacion del vehículo. Te dan gratis el auto, con un tanque lleno y el gasto del ferry cubierto para que lo lleves a su lugar de origen. En este caso desde Auckland a Queenstown. La contra: un tiempo límite, de 6 días en su caso. Creo que está bastante bueno, porque si bien hay que meterle directo y no podés parar mucho, y si no tiene cama tenés que buscar donde dormir cuando parás,  no deja de ser un buen tramo gratis. Dejás la van donde la quieren y volvés recorriendo a tu gusto. Para tenerlo en cuenta.
Fuimos al super y cocinamos juntos, Shannon se pasó con un gran postre, tipo un apple-crumble pero con peras, y el “crumble” era con una mezcla de avena, nueces y cereales. Calentito con helado gusto “algo jokey”, único de NZ, tipo un tramontana. Muy bueno! Intercambiamos recetas, tuve que recurrir a las imágenes de la web para explicar el asado, las empanadas y el locro, y nos despedimos por la mañana en el desayuno.
Yo me fui al centro a tomar un cole que te lleva desde la estación de trenes hasta el muelle del ferry. Nublado, viento, llovizna. Vi unas cositas más que me habían quedado pendientes en el centro y me encontré con Sabrina, la suiza que conocí en Tongariro, para ir hacia la isla sur.


El día no era el mejor para la navegación, y la primera de las tres horas y media del viaje fueron más que turbulentas, si cabe el término. El barco, que era muy grande, pegaba saltos inmensos y al caer el agua azotaba las ventanas. La gente se tambaleaba, caía, mareaba y vomitaba, y se escuchaban platos y vasos caer en la cocina. Por suerte nosotras estuvimos bien, y yo me pegué alta siesta casi hasta que llegamos a Picton, donde el clima no iba a ser mucho mejor, “pero esa, amigos, es otra historia”…

Sobre El Autor

Soy Vito. De raíz riojana y treinta y pico de años. Viví también en Córdoba, Mar del Plata, Buenos Aires. Viajé por Nueva Zelanda, Cuba, Italia, Bolivia y otra veintena de países más. Pediatra de vocación y formación, y en los ratos que me hago entre el trabajo “serio” trato de aprender algo nuevo (tejer, cocinar, fotografiar, hablar otros idiomas, lo que sea). Amante del yoga (a.k.a. “profesora”), curiosa ayurvédica. Estudio y trabajo con la salud y la enfermedad, pero a mí lo único que me curó fue viajar. Una vez sentí que era hora de poner los pies en la tierra… y lo tomé demasiado literal, quizás.

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