En Bolivia, la laguna hedionda esta en un cráter volcánico rico en ácido sulfúrico. Acá es lo mismo, pero no es una laguna perdida en medio de un desierto, es una ciudad más qué pintoresca, rodeada de bosques y montañas. Famosa por sus baños termales, geisers, y este olor permanente a huevo podrido. Lo único bueno fue que hizo que se me fuera el hambre de las 4 horas de viaje desde Auckland. Es difícil para el olfato acostumbrarse porque cada tanto te viene una brisa que te lo intensifica como para nunca olvidarse de dónde se está parado. Sin ese detalle, es una belleza.


Dos días en la vida tuve para visitarla y no le conocí el cielo. Desde que llegué un nublado plomizo y la lluvia fueron lo que acompañó el paisaje. Sí bien el clima venía siendo muy cambiante e impredecible, así que en mi primer día la lluvia intermitente y muy fina no impidió que diera mi primer paseo.
La chica de información no le puso mucha onda cuando le dije que quería recorrer la ciudad pero no tenía auto, “estás limitada” me dijo. Me indicó como dar la vuelta a la vera del lago, recorrido que arranca en unos arcos de maderas, los Jardines Gubernamentales (?), el Museo de Arte e Historia, q salía 18 dólares así q como entré salí. Detrás las primeras burbujas desde la tierra y en la costa del lago, cada charco emanando vapor, y con todo esto, el aroma se intensificó… El paseo fue de aproximadamente 40 minutos, en el camino aparte de mucha gente haciendo ejercicio, me encontré con aves raras, plantas “quemadas” por el ácido cuando el agua del lago avanza, los patos y cisnes negros junto con esas plantas, en el día nublado y lluvioso era un escenario bastante tétrico y a la vez bello. Un par de arandanos frescos en el camino para endulzar la tarde y volví al hogar.


El hostel es de la cadena Base backpackers, bastante bueno, cuando llegué no había nadie más en la habitación, por primera vez podía elegir cama! Lo reservé un par de días antes desde la página de naked y me salió casi 50% menos. Con el correr del día se fue llenando y al día siguiente cambiaron todos mis compañeros de habitación.
El segundo, último y definitivo día fue en principio para retomar contacto virtual amoroso. El servicio de Internet del hostel es caro (4 dólares por hora), la biblioteca no tiene servicio gratuito para los turistas, así que la única opción gratuita era la que no quería… Mc Donalds. Los que me conocen saben que tengo el ridículo principio moral de no pisar un local de esa cadena (en los últimos 10 años sólo entré una vez en Buenos Aires una noche a pedir cambio de 5 pesos, antes que la línea de colectivos que me llevaba al Castex usara tarjeta), pero ya sabía que en este viaje lo iba a quebrar. Al menos sólo les usé la conexión, no consumí…
Después del mediodía sucedió lo inesperado, o mejor dicho, lo más esperado: dejó de llover! Después de mi fugaz almuerzo, me fui hacia el bosque Redwoods. Me tomó casi una hora llegar ahí caminando, y ahí estudié un momento los distintos caminos posibles, distintos grados de dificultad y por supuesto diversa duración. Elegí un intermedio y a mitad de camino me tomé un atajo hacia uno más facilongo porque se me había terminado el agua. Fueron dos horas más de caminata en un hermoso bosque, tan frondoso y tupido que cuando “salí” la luz de la tarde me encandiló y me di cuenta que hasta había llovido por unos nuevos charcos en la entrada.Descansé un rato, emprendí y el regreso y empezó a llover de nuevo y más fuerte. Oportunamente en la salida del parque ( a 900 metros) había una parada de colectivos. No sabía sí era el correcto o no pero era un banco bajo techo, y no tenía problema de quedarme ahí el tiempo necesario. Y se necesitaron 20 minutos para que aparezca un bondi conducido por amable señora que me dijo que iba al centro y me dio la bienvenida. Por supuesto, una vez que llegué al hostel y terminé de pelar la banana de la merienda dejó de llover.

Sobre El Autor

Soy Vito. De raíz riojana y treinta y pico de años. Viví también en Córdoba, Mar del Plata, Buenos Aires. Viajé por Nueva Zelanda, Cuba, Italia, Bolivia y otra veintena de países más. Pediatra de vocación y formación, y en los ratos que me hago entre el trabajo “serio” trato de aprender algo nuevo (tejer, cocinar, fotografiar, hablar otros idiomas, lo que sea). Amante del yoga (a.k.a. “profesora”), curiosa ayurvédica. Estudio y trabajo con la salud y la enfermedad, pero a mí lo único que me curó fue viajar. Una vez sentí que era hora de poner los pies en la tierra… y lo tomé demasiado literal, quizás.

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